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15/5/11

Volando a Sol, pasando por la Liberación

Plaza de la Liberación. El Cairo. 12 de Mayo del año de la Revolución. He estado en esta plaza miles de veces desde que por primera vez viniera a Egipto hace años y nunca, como esta vez, se me había puesto el vello de punta. Y es que, desde las pasadas semanas de enero y febrero, en las que se sucedieron las protestas y enfrentamientos que, por todo el país, llevaron a la caída de Mubarak y al inicio de algo que quieren llamar cambio, esta plaza se ha convertido en todo un símbolo en el mundo árabe.

Por muchas ganas que me entraran de salir de Alejandría y sumarme a las masas de gente que reclamaban libertad entre el 25 de enero y el 11 de febrero, no había vuelto desde diciembre. Como es normal, el tráfico se ha reestablecido desde hace tiempo y ahora la gente, en vez de vivir y perecer en la Plaza, va a sentarse en el jardincito que hay en medio, aunque para llegar allí tengan que cruzar varios carriles movedizos e impredecibles de autos palimpsésticos.

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Las parejas, familias y grupetes de colegas se colocan allí y pasan el día, rodeados de ruido y contaminación –lo mejor para un rato de relajación vamos- mientras todo el perímetro de la plaza está repleto de puestecitos donde se pueden comprar banderas de Egipto, y todo tipo de parafernalia dedicada a la Revolución. Así, uno puede adquirir desde una camiseta o una taza revolucionaria hasta una pegatina tamaño real de una matrícula de coche egipcio con la fecha del 25 de enero impresa en ella. Igualmente, y siguiendo los preceptos de la moda revolucionaria, se venden banderas y otros símbolos de apoyo a los movimientos revolucionarios que se están desarrollando en Libia, Siria o Yemen. No obstante, los viernes, después de la oración, la plaza sí que suele llenarse de manifestantes para recordar a la actual regencia militar sus compromisos con el pueblo. Compromisos que, por ahora, no se ven respondidos en ninguna parte.

En fin, había ido a El Cairo pues al día siguiente tenía un vuelo de vuelta a Madrid. Dejaba, otra vez, mi vida egipcia. Todo, después de una semana cargada de anécdotas afectuosas, cargantes y divertidas que me han demostrado varias cosas: La importancia de lo natural y de los pequeños detalles, la amistad cercana y gran consideración de los más silenciosos, la estupidez de la diplomacia española, así como el pasotismo y desilusión de los que más esperas.

Sobre todo esto reflexionaba en el aeropuerto mientras me sajaban por un puñetero café aguado y un croissant que –sometido a carbono 14- sería de Tutankamón por lo menos. Derrochando mis últimas libras en tal bollería arqueológica me di cuenta de repente que, en la nueva terminal tres donde me hallaba, las canciones que ponían por megafonía y el vuelo anunciado tenían una estrecha relación. Así un vuelo a Roma, Fiumicino claro, iba precedido de un Nessun Dorma cantado por Pavarotti, mientras si el destino era el secundario Ciampino, Laura Paussini hacía de anfitriona. Música de Bollywood para Delhi, La Vie en Rose para París, Beatles para Londres, Frank Sinatra para New York, New York…y así con todos los destinos con más o menos acierto. Poco a poco iba creciendo mi interés por ver qué canción habría sido la elegida para representar a mi ciudad en esta Eurovisión aeroportuaria.

Veía movimiento en la puerta de embarque. En seguida llamarán a mi vuelo pensé. Se abre la megafonía y comienzan a sonar palmas, música de guitarra y un tío gritando como si le hubieran pisado un pie. Con la cabeza agachada me dije “sí, debe ser lo que han elegido para Madrid”. Flamenco puro y duro señores ¡Para competir con Edith Piaf o Paul McCartney! ¿¡es que no tenemos otra cosa coño!? Pero cual fue mi sorpresa cuando en vez de Madrid comunicaron que el vuelo con destino Barcelona estaba listo para embarcar. Menudo cabreo se iban a llevar los catalanes.

¡Todavía había esperanzas para meterse en el avión con la cabeza bien alta! Cuál sería la elegida para mi destino. Esperé un rato más pero la gente ya estaba embarcando. Mierda, deben haberlo anunciado justo cuando hablaba por teléfono hace unos minutos, me dije. Me puse en la cola de embarque. Nada sonaba por los altavoces. Dos personas más y mi turno. Todavía nada. Entrego mi tarjeta de embarque, me dan mi parte. Qué tenga buen vuelo y todo eso. Ando lentamente hacia la pasarela que me llevará a poner los pies fuera del país. Todavía nada. De repente, ¡tin ton tin!, megafonía. Me giro, me acerco a la puerta donde la señorita de azul me ha roto mi billete y asomo mi cabeza a la sala de espera mientras por todo el aeropuerto escucho a una ochentera Ana Torroja entonando un En la Puerta del Sol…

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6/5/11

Saludos de hombre egipcio

Por mucho que lo entienda, no me acostumbro. Lo siento, qué no puedo hombre. Qué a mí no me va. Aire, aire.

La primera vez que me pasó, aunque estaba prevenido, me resultó violento e incómodo. Fue hace tres años, en la Facultad de Letras de la Universidad Helwan de El Cairo. Yo acaba de llegar unos días antes -neófito en esto de Oriente- con una beca para estar en la ciudad egipcia durante varios meses y terminar así mi tesina. La Universidad, que está a una hora en metro de la famosa Plaza de la Liberación -allá donde Tutankhamon debió ir a enfermar- está en la orilla opuesta del Nilo a donde se encuentra la pirámide escalonada de Zoser. Recuerdo que desde lo alto del puente que llevaba a la entrada de la universidad se podía ver perfectamente la faraónica construcción, palmeritas por doquier, y el río salpicado de velas blancas.

El caso es que allí me presentaron a un estudiante de arqueología muy simpático y risueño que, educadamente, me tendió la mano para saludarme. Esto, el primer día. Unos días después, ese mismo chico –llamémosle Mohamed, Ahmed u Omar, lo mismo da que da lo mismo- me vio por el pasillo de la facultad, se acercó a saludar y mientras yo le tendía mi mano él, en un movimiento rápido y rutinario, me plantó dos besos en la cara que, aparte de pincharme con su barba islámico-veinteañera e impregnarme de un olor de tío que lleva sin ducharse varios días, me dejaron plantao en el sitio. Mi primera reacción hubiera sido del tipo ¡tío, tío… qué corra el aire, eh, que corra…! Pero claro, para esta gente es la manera cultural de saludarse entre hombres, aunque prácticamente no sé conozcan de nada. Así que lo entendí y ahora lo voy viendo como algo habitual. Así que con el tiempo, he tenido que aclimatarme a esta forma de saludo. Eso sí, cuando un tío me saluda ahora, siempre extiendo mi brazo e intento ponerlo rígido al saludar primero -que note que le va a costar acercarse a mis mejillas, que no soy de saludo fácil- y si el contacto es inevitable, bien hago como esas ricas y tontas famosillas de la telebasura española que ni si quiera se tocan al acercar sus caras ¡muá, muá!

Lo de las mujeres es otra cosa. Entre ellas también se besan al saludarse pero ¡ni se te ocurra saludar a una mujer velada con dos besos si eres hombre! Así reza la norma número uno de la diplomacia española en Egipto. Pues bien, esa norma, la he transgredido en ocasiones. La primera vez que me pasó, algo escandalosa y chocante la verdad, fue en El Cairo. Después de un día entero buscando piso por la ciudad, era ya el octavo haciendo la misma actividad, guiado por una simsar –buscadora de pisos que en este caso era bastante religiosa-, agotado la planté a ésta dos besos al despedirme sin pensarlo y, para más inri, en mitad de la calle. La mujer se puso a temblar, miró a izquierda y derecha desconcertada y, acto seguido, echó a correr hacia un taxi que había parado en la acera de enfrente. Cerró la puerta trasera con ella dentro -pillándose la túnica al hacerlo- y se largó a toda prisa ¡Un hombre que no era su marido la había tocado! ¡Allah la estaba mirando y juzgando! No obstante, yo creo que le debió de gustar pues me llamó otra vez al día siguiente para seguir mirando pisos y vino muy maquillada, con túnica nueva y hasta me invitó a una shisha en un sitio caro…

En otras ocasiones me ha pasado lo mismo, sin que los besos llegaran a materializarse, con chicas más jóvenes. Ellas, al más puro estilo femenino español cuando uno va a plantar un beso en los labios de la chica deseada, también hacen el famoso movimiento de la cobra, el cual posiblemente sea llamado de “el los siete velos” –uno, el que se ve, y los otros seis, los invisibles que debe haber entre ellas y la realidad.

En fin, en cuanto a esto de saludar ahora creo que soy mucho mejor y me he adaptado perfectamente a la situación geo-cultural en la que me hallo. Pero por dónde no paso –no puedo, me es superior- es por ir cogido de la mano por un tío a lo largo de la calle ¡ni en la calle, ni en ningún sitio! Y es que aquí, en el mundo árabe en general, es habitual que dos amigos vayan cogidos del brazo o de la mano como si nada.
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He de confesar que más de un colega egipcio lo ha intentado conmigo. Les sale de forma natural, como si fueran con un colega egipcio más, pero, amigos míos, que dos tíos vayan cogidos de la mano y que se den besos al saludarse y despedirse, no es una práctica que vaya conmigo. Al menos no en la manera y en lugar en que he crecido desde luego. Por eso mismo, cada vez que alguno hace el amago de engancharme de la mano, al primer roce la quito enseguida -¡qué no hombre!, ¡qué eso son mariconadas leñe! que diría Torrente- y reprimo, a la vez, que la otra mano, instintivamente, aparte al atrevido de un empujón.

Sólo una vez intenté ir cogido de la mano para involucrarme un poco en su mundo. Duré unos segundos que se me hicieron eternos –este tipo de prácticas antropológicas no me van al parecer. Me sentí raro, incómodo, incluso agobiado quizá. Como cuando después de un rollete de una noche, en España, la chica te coge de la mano en todo momento, mostrando un vínculo afectivo que quizá nunca exista. En otra ocasión, un viejecito -guardián de una de las tumbas de Sakara- se cogió de mi brazo durante un buen trecho. Por respeto al pobre abuelillo, aguanté como un jabato –además, tenía cierto toque paternal el acto- mientras oía las risas de mi madre y mi hermana unos metros por detrás a la par que los obturadores de sus cámaras hacían “clic” al echarme fotos.

Es curioso cómo cambia la manera de saludarse dependiendo de la geografía y el área cultural dónde te encuentres. Aún entendiendo esta diversidad, qué quieren que les diga. Yo echo de menos poder comprobar el carácter de un tipo a tenor de un simple estrechón de manos, o poder imaginarme el tipo de mujer que tengo delante por la cercanía con la que siento su saludo mezclado con el olor del perfume que me invade al besarla en sus mejillas.

12/4/11

El Peluquero de Mubarak

Anoche volví con un cabreo de aúpa a casa. Y es que, desde que volví a Alejandría hace casi dos semanas, todavía no me había encontrado con ninguno ¡Y resulta que era alumno mío!


Fue en el café Bab el-Shar -“Puerta del Este”- al que solemos ir todas las noches después de trabajar. Allí, entre humo de shishas, tés y cafés, ruido de dados y fichas moviéndose en interminables partidas de taula (backgammon), con el ir y venir del camarero –que lleva una moneda de veinticinco piastras, de esas con agujerito en medio, en el hueco de la oreja para poder oír mejor-, comentamos la jornada, discutimos de política y temas varios, y, en ocasiones, construímos babel chapurreando en diversas lenguas con los alumnos que quieren sumarse.

Uno de ellos, Omar, decía que estudiar Historia no servía para nada, que era aburrido y que no era más que eso, una larga historia que nunca acababa. No era práctica para la actualidad decía el muy becerro. Yo, sorprendido pues le creía un tipo culto y con más cabeza, le intentaba explicar la importancia que tiene conocer la trayectoria de un país y de su entorno –en este caso discutíamos de Egipto y de los cambios que se pretenden- para poder encauzarlo hacia un determinado futuro. Pero era imposible. Para él la Historia eran simplemente datos a recordar que nada tenían que ver con el presente y que en nada ayudarían a mejorar el futuro del país. Ahí ya me estaba tocando la médula y sentí que me iba encendiendo poco a poco con la conversación y que en cualquier momento le saltaba. Agarré la shisha y le dí unas cuantas caladas en un intento de calmarme.

Pero el tío –hijo de militar como no podía ser de otra forma- no hizo por mejorar su postura, aún viendo que todos los sentados alrededor estabamos en su contra. Y así, comenzó, también acalorado el chaval, a decir que echaba de menos los tiempos de Mubarak, en los que había más control en las calles y más seguridad. La gente necesitaba alguien que los guiara y comprendiera su forma de pensar, decía. Argumentaba también que los egipcios que murieron durante la revolución –unos ochocientos según los últimos recuentos- de alguna forma se lo tenían merecido pues son los que causaron que, actualmente y a los ojos de mi estudiante de español, el país esté sumido en un auténtico caos. Y para más inri, estaba de acuerdo en que había que educar a la población si se quería mejorar la situación del país pero que, para tal objetivo, habría que eliminar de golpe y porrazo a todos aquellos egipcios mayores, analfabetos e iletrados pues ellos jamás entenderían la importancia de los supuestos cambios, en caso de que se llevaran a cabo. Y esto lo dice uno que no quiere saber nada de su propia Historia, manda cojones.

Llegados a este punto, hice ademán de terminar mi enab, cambiamos la conversación hacia otros derroteros más seguros y pronto pagamos y nos fuimos. Cada uno por su lado. Ya me he encontrado en mi vida mucha gente con una mentalidad retrograda y cuya conversación es más un monólogo que un intercambio de ideas. No necesito más.


Sin embargo, varias horas antes, en el curso de nivel avanzado que doy a las 17.30 me encontré con otra de las facetas de este “nuevo” Egipto. Una de mis alumnas, Rana, defendía de manera apasionada la construcción de una nueva constitución en la que la religión se quedara completamente fuera del aparato de gobierno -hay que puntualizar que ella, al igual que muchos que defienden estas ideas, son personas religiosas, con velo y toda la parafernalia. Al parecer, junto muchos otros voluntarios jóvenes que voy conociendo, se estaba organizando para concienciar a la gente –sobre todo en las poblaciones más aisladas y pobres- sobre lo que supone tener un sistema democrático y laico. Estos jóvenes entienden que cualquier tipo de cambio comienza por la educación –a todos los niveles-, que un cambio de mentalidad puede llevar años y que por eso es necesario actuar cuánto antes. Hay mucha gente que tiene la energía y las ganas para hacerlo y seguir luchandon por llevar a buen término las consecuencias producidas por la revolución.


Estos ejemplos son dos de los rostros que tendrán que lidiar en la construcción del país si quieren que el proceso comenzado el pasado 25 de enero traiga un mejor futuro. De alguna manera me recuerda –aunque nunca lo viví- a las discusiones que en el otro extremo del Mediterráneo debieron producirse en otra transición hacia la democracia hace ya treinta y tantos años.

El caso es que por la calles de Alejandría, si bien nada parece haber cambiado, si se respira un cierto ambiente distinto. La policía rara vez está en las calles. Y cuando sale, lo hace tímidamente, como perro culpable con miedo al palo del amo -en este caso el pueblo- y con coches totalmente nuevos y de color blanco en su mayoría cuando antes eran todos azul oscuro. El ejército -el cual hace unos días abrió fuego contra los manifestantes que pacíficamente pedían que se juzgara a Mubarak en Tahrir- está en las calles pero sólo alrededor de los edificios importantes (un caso curioso: El Consulado de Libia está completamente blindado por el ejército egipcio. El de España, sin embargo, no tiene protección alguna). El país funciona a medio gas, sucediéndose numerosas huelgas de diversos colectivos que piden mejoras en sus condiciones laborales, de vida o de estudios.

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Igualmente las fachadas de muchos muros y edificios han sido pintadas con banderas de Egipto, símbolos de libertad y palomas de la paz. Por otro lado, la expresividad cultural con referencias a la libertad –tantos años reprimida por el rais- está surgiendo de debajo de los tanques y no es extraño ver, por ejemplo, conciertos y actividades pro-democracia y anti-régimen en algunos rincones de la ciudad. Cosa completamente prohibida hace tan sólo dos meses.



Aún así, la actual “regencia” militar del país no ha cambiado nada. Su jefe, Mohammed Hussein Tantawi, era una persona bien cercana al depuesto presidente. Incluso hay teorías que cuentan que el Señor Mubarak sigue moviendo los hilos desde su residencia en Sharm el-Sheik. Todo igual que antes, pero ahora viendo el mar, sin masas de gente que vengan a su palacio a incordiarle y seguramente con una shisha en una mano mientras cuenta los millones que tiene con la otra. Algunos cuentan que hasta le envían a su peluquero personal una vez por semana en avión privado desde El Cairo. Y seguramente, una vez alicatado, salga de marcha por la ciudad costera del Mar Rojo durante el toque de queda –entre 2 y 5 de la mañana-, el cual se mantiene probablemente para que nadie le vea y pueda darse un garbeo.

8/2/11

Revolución por la Libertad Egipcia III

Y cuatro días después todo parece ir volviendo a la normalidad, aunque presentimos que ya nada será como antes. Las cosas han cambiado, así como las reglas del juego.

Las tiendas comienzan a abrir y a llenarse de comida y otros suministros mientras la gente va volviendo a sus trabajos y accediendo, por fin, a su dinero en los bancos, aunque con limitaciones. Así mismo, el toque de queda se ha ampliado y ahora tenemos algunas horas más de movimiento. Aún así, aunque parezca que esto ha terminado y que la revuelta no ha sido más que una pataleta del pueblo –o eso debe pensar el “Rais” y su gobierno de mentecatos-, no hay nada más lejos de la realidad.

Con los periodistas internacionales confinados a trabajar en ciertas áreas, para los ojos del mundo parece que sólo quedan unos pocos de cientos en la Plaza de la Liberación de El Cairo. Nada sale en los periódicos de la violencia ocurrida en los barrios periféricos, de las muchas otras muertes y asesinatos ocurridos en ciudades sin importancia mediática, de cómo el gobierno soborna a manifestantes para que abandonen la marcha –les ofrecen hasta viviendas gratuitas- o de cómo los tanques y el ejército, poco a poco, van presionando a la gente en la calle para hacer borrón y cuenta vieja. Tampoco veo nada escrito en la prensa sobre la extrema publicidad al régimen que hace la televisión nacional o de los miles de manifestantes que durante horas siembran las calles céntricas de Alejandría pidiendo no una limpieza de fachada sino una construcción completamente nueva del sistema de gobierno. Ésto último, hace dos días. Hoy mismo, apuesto lo que sea a que volverá a pasar. Mubarak, para seguir acallando bocas, ayer mismo subió los sueldos a los funcionarios del estado y, sobretodo, a los militares por si hubiera alguno descontento y se le hubiera pasado por la cabeza jugar a ser Tejero.

El gobierno dice que ya todo ha vuelto a la normalidad y sin embargo eso no es lo que me cuentan del todo. Las universidades paralizaron sus exámenes y el comienzo de su segundo ciclo, los bancos abren tres horas al día nada más y la bolsa del país sigue cerrada a cal y canto devaluando aún más la divisa nacional. El ejército sigue en las calles y comienza a pedir identificación y pasaporte a todo aquel que pillen más allá de la hora del toque de queda. No hay servicio de limpieza, ni de tráfico, ni de seguridad casi. Son los mismos ciudadanos egipcios los que, por decisión propia, organizan la circulación vial, limpian las calles y hasta van solucionando algunos destrozos, pintando fachadas y repartiendo comida.

Muchos han vuelto a trabajar sí, pero a la salida del curro, se van a la manifestación a seguir protestando. Han asumido que lo que está haciendo el gobierno es un pulso a ver quién se cansa antes y la gente está comprometida a aguantar todo el tiempo que sea necesario. Incluso incorporando a su rutina diaria, las protestas y manifestaciones. Para cabezotas ellos mismos.

De hecho, en la Plaza de Tahrir, en El Cairo, la gente que ha acampado allí ha montado su propia comunidad y estarán allí hasta que este dictador de pacotilla decida largarse. Así, en la Plaza puedes encontrar desde puestos para comprar comida y bebida, hasta shishas y backgammons, pasando por un periódico propio –llamado “Día de la Liberación”- y algún puesto de prensa que otro. Una pantalla gigante, improvisada a partir de una sabana vieja- retransmite las noticias y escasas apariciones del gobierno. Lo de los servicios es algo más complicado, especialmente para ellas, pero estoy seguro que las calles aledañas a la Plaza llevan inscrita la palabra “w.c.” aunque ésta más que verse, se huele.

Por otro lado, y poniendo una nota de humor a todo ésto, he de decir que no he visto gente más ingeniosa que los egipcios. Hace poco me mandaron un email con pancartas con diversos eslóganes vistos en las manifestaciones. Me llamó la atención uno que pedía a Mubarak que se vaya en escritura jeroglífica y otro que, en inglés, preguntaba al Mister President cuál era la parte de “go away” que no había captado. Otras pancartas le pedían que se marchase ya de una vez pues sus hombros están cansados de aguantar carteles durante tanto tiempo.


Ingenioso también son los atuendos que usan para presentar batalla a los cuerpos de seguridad del régimen y a sus compinches. Así podemos ver como por escudos normalmente usan señales de tráfico –las de prohibido aparcar y el famoso “stop” son las más demandadas este invierno- que quitan de sus postes callejeros mientras que como armas de defensa y ataque pueden elegir entre una gama bien variada de productos: Desde palos de escoba y de golf, hasta los más sofisticados palos con clavos colocados en uno de sus extremos (con las puntas hacia fuera, claro) o verdaderos alfanjes y espadas de colección, herencia de abuelos o compradas en el mercadillo de antigüedades.

Pero lo que realmente tiene una importancia vital, es el casco. La protección de la cabeza es capital ante la cantidad de porrazos que están cayendo estos días a diestro y siniestro. Por eso mismo, y ante la falta de material de calidad en el mercado, los egipcios han ideado los suyos propios. El que más me gusta es aquel que se protege la cabeza con barras de pan atadas alrededor de la frente o con botellas vacías de agua para amortiguar. A veces no sabes si realmente buscan protección o es una forma de decir que no tienen ni para pan o agua. Otros meten sus cabezas en las papeleras de sus casas o en cajas de cartón en las que perforan dos agujeritos para poder ver. La cacerola de mamá también se ha puesto de moda en la Revolución del Loto y así podemos encontrar a muchos manifestantes que llevan la cabeza metida en un perolo de metal grande y éste, a su vez, atado alrededor de la cabeza con trapos o bufandas. Todo lo que sea necesario para no recibir un buen golpe.

En fin, gracias a Dios, a Allah o la madre que los parió a ambos, la lucha continúa pero de una manera bastante más pacífica y, por ahora, han dejado sus uniformes de guerra en casa. Hoy se volverán a llenar las calles de Alejandría y el gobierno hará como que no ha oído nada. “Ya se le pasará la rabieta al niño” deben pensar los faraones que rigen en el palacio de Heliópolis. Sin embargo, dudo mucho que esta revolución se vaya apagando hasta extinguirse, al menos esa no es la sensación que me da cuando salgo a la calle y habló con la gente. No basta con reformar dos articulitos de la constitución –la cual está escrita para y por Mubarak- hay que cambiarla por completo. El viernes también hay otra gran marcha convocada en todo el país. Veremos cómo se desarrolla todo aunque, para entonces, quizá yo ya no esté por aquí.
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4/2/11

Revolución por la Libertad Egipcia II

El sábado 29 nos levantamos en una Alejandría completamente desolada. El esperado discurso de Mubarak la noche anterior no hizo sino calentar mucho más el ambiente. El octogenario líder decía que no se iba pero que haría un cambio de gobierno. Cambios que después, en la práctica no cambiaban nada.

Una sola vuelta por la ciudad bastaba para comprender que los daños ocasionados por esta revolución no se recuperarían de la noche a la mañana. Allí a donde mirarás, por cualquier calle que te metieras había coches calcinados, camiones de policía volcados e incendiados o algún edificio oficial en llamas. El Palacio de Gobernación, como digo, no sólo había sido pasto de las llamas sino que ahora se había derruido cortando, con sus restos, las calles de alrededor. El ejército, que había sido recibido casi con vítores por el pueblo, aparcaba sus tanques y coches de tropas en distintos lugares estratégicos de la ciudad –sólo cerca de mi casa hay todavía diez tanques. A la ciudad le iba a costar mucho tiempo recuperarse de las batallas del día anterior. Además, no había huella alguna de la policía. Ni de la Nacional ni de la de Tráfico, por lo que ahora los que orquestaban a los coches en las arterias principales de la ciudad eran los mismos ciudadanos. Y debo decir, que era mucho más ordenado y fluido que si lo hubieran dirigido los hombres con uniforme oficial.


Las comunicaciones móviles habían vuelto y no parábamos de llamar a todos nuestros conocidos. Nuestras familias en Europa estaban al borde de un ataque de nervios y preocupación ya que durante un día entero, en el que sólo aparecían noticias muy desalentadoras en la televisión acerca la situación en Egipto, no habían podido comunicar con nosotros. Internet seguía completamente bloqueado. Un ataque sin precedentes a la libertad de expresión y comunicación.

El toque de queda continuaba pero lo habían adelantado a las tres de la tarde. Y, como el día anterior, era justo a esa hora cuando la gente comenzó a agruparse fuera de sus casas y a gritar comparsas en contra de Mubarak y del sistema. Lo mismo sucedía en El Cairo donde diversos helicópteros y cazas militares volaban bien bajo en un intento de asustar a la población. La policía también se había retirado en la capital y era curioso ver cómo, sin las fuerzas de seguridad y el orden, todo se había vuelto mucho más pacífico y seguro.



Ya se hablaba entonces de una nueva convocatoria popular, “La Marcha del Millón” –que dicho así parece todo un concurso televisivo en el que el primero que llegue al palacio Presidencial se lleva la cuantiosa suma. La cita iba a ser el martes 1 de febrero y pretendía sumar el mayor número de manifestantes posibles para ir desde la Plaza de la Liberación cairota hasta la residencia de Mubarak, en Heliópolis a unos diez kilómetros.


Durante los días previos a la Marcha, las manifestaciones se fueron sucediendo por todo el país, al igual que el caos de los turistas que intentaban salir del territorio como fuera. Yo mismo tenía dos amigos atrapados en Luxor y creo que hoy mismo han conseguido un pasaje para Europa. Han estado casi una semana entera durmiendo y viviendo en el aeropuerto.


Los nervios y la tensión también se respiraban en la calle. Los bancos estaban cerrados y no se podía sacar dinero. La comida comenzaba a escasear en las tiendas de alimentación cercanas a mi casa y las grandes superficies comerciales habían sido saqueadas. Tampoco quedaban tarjetas de recarga para el móvil y el toque de queda continuaba. Ante el vandalismo que se esperaba para la noche, los vecinos se agruparon y decidieron formar grupos de vigilancia y defensa en caso de alguna sorpresa nocturna inesperada. Yo mismo me armé con un cuchillo de cocina y con el palo de la escoba en una escena que ahora me parece ridícula quizá pero que entonces era lo más lógico dada la situación.


Hay que decir que varios de los grupos que sembraban ese miedo por la noche –en su mayoría jóvenes- habían sido pagados por la policía para acometer su fin. Y esa noche puedo jurar que lo consiguieron. Antes de irme a la cama vi una ranchera llena de chavales con armas de fuego y machetes. Iban con la música bien alta y gritando.



Esa noche tampoco conseguí dormir.


Y así, sin trabajar, sin dormir, y con cierto nerviosismo en el cuerpo llegamos al día de la Marcha. Ese día participé en las manifestaciones con mis amigos de Alejandría y puedo decir que no he vivido algo tan emocionante en mi vida. Miles y Miles de personas, de varias confesiones, idiologías y razas; familias enteras y bastante gente internacional; así como recién casados o incluso algunos que celebraban su boda allí mismo, estaban concentrados a lo largo de la Corniche alejandrina con pancartas despidiendo irónicamente a Mubarak y esperando hacer historia. El Imán de la mezquita enfrente nuestra, sobre la cual volaba una cometa con la bandera del país que llegué a sujetar en algún momento, tomó la palabra por megafonía y comenzó a gritar frases en contra del régimen que luego eran repetidas por toda la masa de gente allí congregada.

Era increíble. Un pueblo entero intentando cambiar su propio país y haciéndose escuchar hasta por los medios que usan para hablar con dios.



Pero el problema vino después. Esa misma noche conocimos a los pro-Mubarak: Gente afín al régimen entre los que se encontraban policías vestidos de civil y personas traídas desde áreas rurales de Egipto a la capital, y a las que –según los medios de comunicación- se las había pagado hasta dos mil libras egipcias (unos trescientos euros) por enfrentarse a los manifestantes reunidos en la Plaza de la Liberación en El Cairo. En Alejandría, en una escala menor, también pasaba lo mismo.

Montados en caballos o en camellos, y armados con palos, cuchillos y hasta armas de fuego, los pro-Mubarak provocaron unos enfrentamientos que duran hasta estos mismos instantes en los que escribo. Han muerto muchas personas y hasta los periodistas extranjeros han sido atacados, maltratados y hasta, alguno, pasado a cuchillo.

Los periodistas más importantes de la televisión nacional egipcia salían ayer en medios internacionales diciendo que habían dimitido de sus puestos ya que no les dejaban contar la realidad de lo que está pasando en su propio país. Me quito el sombrero ante ellos. Tuvieron que salir silenciosamente de la redacción en la que estaban sin decir que, a dónde iban, era a la mismísima Plaza de la Liberación a unirse a los manifestantes.



A eso de las 22.30 el Presidente hace otra aparición en televisión con un discurso lleno de palabras pero carente de sentido alguno. El pueblo se cabrea más y los bandos enfrentados no cesan de intentar acallar sus odios a golpes. Parece el comienzo de un conflicto civil en el que el ejército es el único espectador pasivo.


Sin embargo, ayer mismo salió en televisión el Vicepresidente pidiendo disculpas por los altercados aunque diciendo que ellos no habían sido. Quiere comenzar además a buscar a los culpables de la organización de las manifestaciones entre los que cree ver manos extranjeras. Manda cojones. Por la noche igualmente, en una entrevista a la ABC americana, el Mubarak éste dice que quiere irse, que está hastiado ya del poder, pero que si se va todo el país se sumirá en un caos del que no podrá salir. Encima querrá que le demos las gracias. Lo que consigue es que la gente siga anclada a la calle y a sus demandas.

Para hoy se espera una manifestación enorme en todo el país. Con nubarrones pro-Mubarak algo contenidos por el ejército que parece ir tomando partido en este juego de ajedrez o, mejor dicho, de backgammon. Lo llaman “El Día de la Partida” y esperan que sea el definitivo. He leído en los periódicos que EEUU está detrás de un plan estratégico que sacaría a Mubarak de la presidencia y crearía un gobierno de transición con los Hermanos Musulmanes dentro. Mientras, escucho a los imanes cantando sus oraciones antes de la hora habitual y, por la televisión nacional, al Imán de la mezquita principal de El Cairo,. Al-Azhar, emitir para todo el país en un intento de calmar los ánimos. Veremos a ver lo qué pasa.

3/2/11

Revolución por la Libertad Egipcia I

Y esta noche otra vez se han oído disparos.

Es extraño cómo se acostumbra uno a las rutinas improvisadas del caos. Desde hace unos días las noches en el centro de Alejandría son de todo menos seguras. Si bien los tanques campan a sus anchas por la ciudad, también lo hacen algunas bandas de jóvenes saqueadores con armas de fuego y hasta alfanjes árabes. Los he visto yendo en rancheras y en motos por las calles principales de la ciudad y la verdad es que dan miedo. Las comunidades de vecinos se han organizado en improvisadas milicias y montan guardias para -con palos de escoba, de golf y cuchillos de cocina- defender sus propiedades y a sus familiares.

Aunque la ciudad se ha levantado más tranquila, anoche las manifestaciones a las que ya estamos acostumbrados desde hace poco más de una semana, dieron paso a la violencia entre los partidarios del régimen de Mubarak y los que defienden la democracia y que han estado en las calles todos estos últimos días. Las luchas y peleas entre ellos se sucedieron ante la pasividad del ejército, quién debía tener órdenes de no intervenir. En El Cairo, en algún momento de la madrugada, los pro-Mubarak -así se les ha comenzado a llamar- abrieron fuego contra el resto de manifestantes causando la muerte a varias personas. Desde luego, cada día que me levanto, Egipto es un país completamente distinto al del que había visto la noche anterior.

Todos estos sucesos comenzaron el día 25 de enero cuando se convocó una manifestación en contra del régimen de Mubarak. Un día que, sin duda, ya ha cambiado la historia de Egipto sumiéndolo en un periodo de inestabilidad e incertidumbre que esperemos lleve al puerto de la libertad y pronto. Alguno de mis alumnos me comentaba que las manifestaciones se estaban organizando por barrios, de manera clandestina claro, y a través de las redes sociales. Ese “Martes de la Ira”, como algunos lo llaman ya, fue el comienzo de la lucha de un pueblo entero para poder construir un país que sea merecedor de su historia.
Ese día participé en el comienzo de las manifestaciones ya que vivo en una calle pequeña, en el centro de la ciudad, al lado de una de las principales, Fouad, con varios edificios oficiales. Había cientos de personas, contenidos por la policía –dispuestos en filas bloqueando la calle-, gritando contra el sistema y el actual gobierno. Muchos manifestantes se acercaban a mí y me preguntaban si era egipcio y, al ver que no, me daban las gracias por estar apoyándoles. Incluído una chica que llevaba burka que apreciaba la presencia de un internacional en la marcha.

De repente, uno de los egipcios con los que hablaba gritó “¡run, run!”. La policía acababa de comenzar a cargar a menos de cinco metros de donde me encontraba. Unos instantes después, en una calle aledaña donde estaba refugiado, un policía vestido de paisano me intentó confiscar la cámara y me exigió que no tirara más fotos o que me arrestaba. Me largué de allí y al ver a la policía cargando de nuevo me metí en el consulado español, situado a tan sólo cincuenta metros del lugar. Ese mismo día lo mismo, pero a diferentes escalas, ocurrió por todo el país. La gente vio que se hacían oír, que esa era la única forma de poner sus opiniones y deseos sobre el tablero de juego y, así, decidieron convocar una manifestación más organizada y multitudinaria para el viernes día 28, después de las oraciones de mediodía.

Los días anteriores al viernes fueron relativamente tranquilos en Alejandría, aunque nos llegaban noticias espeluznantes de otras ciudades como Suez o El Cairo, donde habían detenido a un amigo mío y se desconocía su paradera. El Twitter y el Facebook habían sido cortados en un intento de callar la comunicación entre los manifestantes, mientras la televisión nacional sólo emitía canciones y videos sobre las bellezas de Egipto, la necesidad de un líder fuerte como Mubarak y de cómo debíamos todos apoyarle.

Sin embargo, al levantarme el viernes por la mañana vi que las cosas iban a encrudecerse mucho más ese día. Los móviles no funcionaban en todo el país y todo acceso a internet era en vano pues lo habían bloqueado por completo. Las noticias no decían todavía nada sobre la manifestación así que bajé a la calle a ver qué demonios pasaba. Todo estaba muy tranquilo, extrañamente silencioso. No había casi nadie en las calles, ni se oían pitidos de coches y tampoco se veía policía alguna. Poco a poco las mezquitas iban entonando sus oraciones de mediodía las cuales, al acabar, darían paso a unas manifestaciones y represiones que no encuentran precedentes en las historia reciente del país.

A la vuelta a casa, ya a punto de acabar la oración, decidí sentarme en un café. Tras veinte minutos allí comencé a oír, esta vez mucho más fuerte, gritos al unísono pidiendo paz, pan y libertad, a la vez que la caída del régimen. Pagué con rapidez y salí corriendo a la calle Fouad a ver qué pasaba. En la calle, aparentemente vacía, se podía ver delante del Palacio de Gobernación centenares de policías dispuestos en filas y armados con pistolas de balas de goma y de gases lacrimógenos. Los manifestantes avanzaban a buen paso por la calle Safia Zhagloul -con palos en las manos, pancartas en inglés, francés y árabe y con cara de años de cabreo e impotencia contenida. En cuanto giraron la calle y tomaron Fouad, viendo a los antidisturbios a quinientos metros preparándose para dispersarlos, los manifestantes, como si de un ejército se tratara, se pusieron a correr a su encuentro. La policía comenzó a disparar gases lacrimógenos contra nosotros. En un instante todo a mi alrededor se llenó de humo blanco y era imposible ver nada o respirar. Me apartoé como pude a una calle pequeña a esperar a que pasara el picor de los ojos para poner rumbo inmediatamente a mi casa. Sin embargo no sabía que, en mi misma calle, a menos de dos metros de mi portal, se estaba librando otra batalla. Allí decenas de manifestantes estaban tirando piedras y ladrillos a tres camiones de antidisturbios que cargaban contra ellos. Varias personas se habían subido al coche, arrancado sus rejas protectoras y roto sus cristales con palos. Los camiones intentaban salir marcha atrás a toda prisa mientras destrozaban varios de los coches aparcados en los laterales. Intenté hacer una foto y me lo prohibieron los policías que inmediatamente comenzaron a sellar la calle conmigo dentro.

Esa misma tarde desde mi terraza, no paré de oír gritos, sirenas de policía y de ver manifestantes heridos, sangrando y tirando piedras. A eso de las seis de la tarde el gobierno da orden de que el ejército salga a la calle y así numerosos tanques sustituyen a la policía que no ha podido hacer frente al pueblo entero. Los disparos de armas de fuego se hicieron cada vez más frecuentes y durarían toda la noche. Al fondo se podía ver como desde el centro de la ciudad salían varias columnas de humo negro señalando muchos de los incendios que estaban convirtiendo en cenizas los edificios del régimen. En El Cairo había noticias de que estaba en llamas el mismo edificio del Partido del Gobierno, todo un símbolo del sistema que durante treinta años ha regido y limitado la vida de los egipcios.


El gobierno impuso entonces un toque de queda que todavía sigue vigente hoy mismo pero que parece más bien la hora en la que la gente tiene una cita con la calle y con su lucha.

Esa misma noche, en la que muchos no pudimos conciliar el sueño, escuchamos a través del teléfono fijo –único medio que funcionaba sólo para llamar dentro de la misma ciudad- como en muchas otras partes de Alejandría (que mide cerca veinticinco kilómetros de largo) había sucedido lo mismo. En el Sporting Club miles de manifestantes llevaban un burro a cuestas y le presentaban como su presidente; en los disturbios previos al incendio del Palacio de la Gobernación alguien se había llevado la silla del mismísimo gobernador, así como habían saqueado ordenadores, archivos y otros cuantos bienes administrativos.

18/12/10

De cervezas y tormentas en Oriente

“Quiero cerveza” me dijo la alumna con bastante seriedad después de levantar la mano. “¡Quiero cerveza!” Con rapidez y pasmo busqué en mi mente un razonamiento para entender por qué una chica musulmana, con velo, y seria me estaba pidiendo una bebida alcohólica en mitad de mi clase de español de primer nivel. Asombrado, le dije que me lo repitiera. “¿Cerveza?”. O al menos eso entendía yo. Al final, entendí que su urgencia no era debida a una extraña necesidad de alcohol en vena surgida de un repentino abandono de Alá sino que la pobre chica quería ir al baño y no conseguía pronunciar bien la palabra servicio. Cuando se lo expliqué, se ruborizó y nos reímos un rato, mientras ponía la mano en el fuego para asegurar que eso no era lo que quería decir.


Anécdotas como ésta, o cómo la del día en que les tuve que explicar lo que es un tampón –en el Super parece sólo haber compresas con alas más grandes que las del Boing 747 que hace la ruta Cairo-Madrid (que conste que me lo ha dicho una amiga, yo realmente no tengo ni idea. De aviones claro)- y dibujarlo en la pizarra, o como cuando algunas chicas de clase me criticaron por poner al salido de Sabina en clase y su mano correspondiendo debajo de la falda en su mítico “Y nos dieron las diez…”, hacen que cada día me vaya a la cama sin preguntarme el “¿qué cojones hago yo aquí?” de hace un mes o el que me cague en los gritos de batalla que acompañan a los primeros rayos del sol.

Y es que, de alguna manera, ya pertenezco al entorno. Se me acepta. Así por ejemplo, en el café Diab de debajo de mi casa cada vez que llego ya me tienen preparada la shisha y la limonada, mientras Ahmed, el dueño, me suelta una verborrea que no entiendo pero que intuyo trata de cómo el Real Madrid o el Barcelona han jugado esta semana. Soy de España y eso en su café, y en su mentalidad futbolera, le hace ganar reputación si veo los partidos allí con él (La selección española debería estar dentro del Ministerio de Exteriores por ayudarnos a todos los expatriados a ganar reputación. Lo siento por los que estén en Holanda).

Igualmente pasa con mis vecinos, o el portero de al lado, o el tío de correos, o el sastre que, aunque ven que no les entiendo, siguen charlando conmigo como si fuera un familiar. Eso sí, muchos me llaman Monsieur, pues aunque su pasado francés pille lejos, la memoria de esos días no se olvida en esta ciudad y yo, yo soy un extranjero pese a todo. En España de los sesenta sería ese británico joven que está viviendo en un pueblecito andaluz al que todo el mundo conoce (sin poder estar borracho cada dos por tres como estaría el inglés, que aquí… como saben… chungo, chungo). Es esa vida de barrio que se ha perdido en las grandes ciudades europeas y que aquí, como dije, camina en el tiempo al contrario que las manecillas del reloj.

Poco a poco voy comprendiendo esos garabatos curvados que tienen por lenguaje, o percatándome de sonidos ocultos en mi llegada tales como el trotar de los coches de caballos en las calles de noche, o las sirenas de los barcos al partir de puerto y del tren al entrar en la estación –audibles desde mi terraza.

Me doy cuenta también que no porque se llame Egipto y haya desierto hace calor y sol todo el año. Si hace unos días iba en manga corta con un bonito color rosa de piel –no sé puede decir que consiga ponerme moreno por mucho que lo intente-, ahora no hay otra cosa que eche más de menos de España que mi ropa de abrigo. Y es que, hace una semana Alejandría sufrió una tormenta mientras la cual no paró de llover y granizar durante dos días, y desde entonces hace frío. Mi terraza parecía el Pantano San Juan con mis calzoncillos –colgados a secar en la cuerda el día antes- flotando a sus anchas entre el hielo o los restos de una maceta rota. El agua entraba por las junturas del balcón dentro de la casa y a mí ¡sólo me faltaba el neopreno para bucear en mi cuarto piso! Un desastre. Si hasta la luz se fue durante horas en el barrio entero y cuando volvió, se fue el agua. Y cuando ésta volvió, la luz dijo adiós otra vez junto al agua poco después.

En fin creo que tomaré nota y a la que vuelva de España tras las fiestas navideñas no sólo me traeré ropa de abrigo y unos calzoncillos nuevos, sino también un kit de supervivencia de Coronel Tapioca, una camiseta del Barça o del Madrid para conseguir shishas gratis y una cerveza para el siguiente alumno que me pida ir al baño (porque un tampón sería un poco descortés ¿no creen?).

También he pensado, y aquí acabo, traerme una copia de los evangelios. Especialmente el de Juán. Sí, sí, me estoy volviendo religioso señores. No se asusten, es por una buena razón que está ahí bien escrita. Y es que Jesús era un crack. Sí, sí, un crack. Pues no va el tío y, ante la falta de alcohol en estas tierras, ¡convierte el agua en vino! ¿No es un grande? A eso sí que le debo devoción y empeño.

6/12/10

La fragata Arapiles y Alejandría en el año 1871

El 4 de septiembre de 1871 atracaba en el PuertoOccidental de Alejandría la fragata española Arapiles, tras hacer una visita al recién inaugurado Canal de Suez en Port Said. El barco, un navío blindado de guerra construido en Inglaterra ese mismo año y provisto de cuatro palos, dos hélices y seis calderas con cinco carboneras para su impulso a vapor, había partido de Nápoles –donde representaba a la fraccionada España de Amadeo I de Saboya en la Exposición Universal de la ciudad- mes y medio antes con destino Oriente.

Esta expedición se hizo en un momento en que España necesitaba reinventar su cara ante Europa tras los numerosos cambios de gobierno, caos, desamortizaciones y crisis económicas acaecidas a en la segunda mitad del siglo XIX. Quizá, intentando emular a Napoleón a comienzos de siglo y su desembarco con científicos en Egipto –que consiguieron hacerse con tal cantidad de objetos y obras de arte faraónicas que los ingleses no dudaron en quitárselas para adornar las paredes de su querido Museo Británico en cuanto tuvieron ocasión- los españolitos quisimos hacer lo mismo. Pero, si bien la idea era buena y el recién creado Museo Nacional de Arqueología necesitaba llenar sus colecciones con piezas arqueológicas representativas y de diverso origen, la empresa se llevó a cabo con muchísimos obstáculos y teniendo que pedir ayuda de manera constante para poder acabarla. Es decir, se hizo rápido, mal, sin previsión y con mucha pomposidad. Como a los españoles nos gusta hacer las cosas, vamos.

Los puertos en los que recaló nuestro navío antes de llegar a Egipto fueron Mesina, Siracusa, El Pireo, Çannakale, Constantinopla, Esmirna, Quíos, Samos, Rodas, Larnaca, Beirut y Jafa. Más bien parecía un crucerito de placer, antes que una misión española aprobada por Real Orden ¡si hasta la mujer del capitán del barco iba a bordo!

Entre los objetivos de la travesía estaban los de obtención de piezas para el museo y visita a diversas colecciones para conocer su metodología museológica, a la par que ampliar relaciones diplomáticas con los países ribereños y aumentar la presencia comercial española en Oriente. El problema es que, aun a sabiendas de que el dinero concedido era insuficiente, no dudamos ni un instante en partir de Nápoles ¡ya alguien se apiadaría de nosotros en el camino!

De hecho, al llegar a Alejandría –último puerto de la expedición- no tenían más dinero para compras, ni tenían víveres –la tripulación era de 502 individuos- o combustible suficiente para continuar. Se tuvieron que quedar en la ciudad menos tiempo del programado. Además, por culpa de la poca ayuda del MAN y del gobierno central, los tres científicos que componían la Comisión Científica –un arqueólogo, un epigrafista e intérprete, y un dibujante y fotógrafo, pareciendo un chiste del gremio- tuvieron que resignarse a no ver las pirámides de Gizeh y no poder gritar, a lo Napoleón, eso de “¡desde lo alto de esas pirámides…!”, con la ilusión que les haría. No pudieron tampoco retratarse subidos a camello con la pirámide de Keops al fondo y un sonriente beduino a su lado, ni grabar su nombre en alguna roca -con el año de la infracción al lado, claro- como hacían los señoritos de entonces. Pero pudieron disfrutar, durante tres días, con sus noches, de una Alejandría que volvía a ser la perla del Mediterráneo, testigo de la mezcla de culturas orientales y occidentales, así como foco comercial por excelencia de todo el Levante.

La Alejandría que nuestros expedicionarios vieron era la imagen de una ciudad que acababa de recuperar un esplendor e importancia largamente perdidos. Todo gracias a los cambios llevados a cabo entre 1830 a 1860 cuando Mohamed Ali, también admirador de Bonaparte, se hizo con los mejores ingenieros franceses y los más doctos arquitectos italianos y griegos para acometer unas reformas urbanísticas que dieron a la metrópoli un aire completamente europeo. De esta forma, se limpió el canal que comunicaba con Rosetta y su brazo del Nilo –durante años colmatado y en desuso-, abasteció la ciudad por primera vez con agua fresca, mejoró el sistema de transporte con el resto del país -especialmente con El Cairo-, y amplió las instalaciones portuarias del Muelle Occidental que, por primera vez, permitía el atraque a navíos cristianos, como la Arapiles -hasta entonces sólo podían atracar en el Puerto Oriental, más pequeño y de menor calado.

Todas estas mejoras conllevaron el incremento de población de la ciudad que pasó de 13.000 habitantes a comienzos del siglo XIX a unos 300.000 por el tiempo de la expedición española. El número de extranjeros que se asentaban en la ciudad –especialmente griegos y sirios- cada vez era más grande, creándose zonas específicas para su residencia como los barrios de Mancheeya o Attarine, donde el arquitecto Francesco Mancini diseñó un tramado urbano con grandes avenidas y ajardinadas plazas. Tanto creció la ciudad que en 1860 se tuvo que crear la Estación Ferroviaria de Ramleh y un sistema de tranvías que, aún siendo el más antiguo de todo el continente africano, no debe haber sufrido muchos cambios hasta la actualidad. Los tranvías que debió ver la tripulación de la Arapiles estarían aún tirados por caballos. Poco después pasaron a ser de vapor y en 1902 se electrificaría toda la red.

Paradigmáticamente, mientras los grandes descubrimientos arqueológicos se llevaban a cabo en otras riberas del Mediterráneo, en Alejandría -cuyo crecimiento urbano había ocupado todos los restos de la antigua ciudad- la investigación tuvo que hacerse a cargo de académicos locales sin ningún renombre internacional. Es importante mencionar el plano de la ciudad antigua que elaboró el ingeniero Mahmud al-Falaki en 1866, que ha servido, un siglo después, para analizar y buscar los restos de la ciudad Greco-Romana. A parte, sólo dos arqueólogos alemanes serían bien recordados entre algunas hazañas extranjeras: Ernst von Sieglin, por sus trabajos en las catacumbas de Komb es-Shoqafa –atracción turística por excelencia de la ciudad actual- y Heinrich Schiliemann, recordado por no poder añadir la tumba de Alejandro Magno a sus descubrimientos chovinistas.


Por desgracia los españoles, esta vez, tampoco pudimos hacer nada más que mirar y negociar, tal y como hacen los turistas que pasan en la actualidad por la ciudad –incluso, quizás fueran los alejandrinos los que nos dieran bakshish a nosotros esta vez. Durante la estancia de los de la Arapiles en Egipto, el Capitán D. Ignacio García de Tudela –cansado de su mujer a estas alturas del viaje supongo-, telegrafió al Ministro de la Marina para pedir más ayudas pues veía que llegar a España iba a ser cosa improbable como no se pusieran a remar y se comieran los unos a los otros. Así, tras una respuesta positiva, el 7 de septiembre pusieron rumbo a Cartagena, donde arribarían quince días después tras un necesario reabastecimiento de carbón en la Valeta.

El Doctor Juan de Dios de la Rada y Delgado, -impulsor de la expedición y científico experto en Arqueología, Numismática y Diplomática-, a pesar de las dificultades económicas en las que se hallaba al llegar al puerto egipcio, consiguió hacerse con algunos objetos que hoy en día son de lo más preciado en el Museo Arqueológico Nacional. Un ejemplo puede ser la magnífica cabeza en granito de un soberano ptolemaico -en canon completamente faraónico- que hoy forma parte de sus fondos y que fue traída en uno de los 22 cajones de piezas, fotos, dibujos y descripciones que la “improvisada” expedición produjo eventualmente.

30/11/10

Retorno a Iskandariya

Cinco de la mañana. La habitación queda iluminada por los primeros rayos de luz mediterránea que se hacen paso por los balcones de mi cuarto. Poco a poco, como si de un bisbiseo de moscas que se acercan por el Este se tratara, los cánticos de las mezquitas de la ciudad comienzan a despertar hasta el más infiel de sus habitantes. Unos instantes después, entonando el orgullo de la identidad en esta peculiar batalla religiosa, la Iglesia Griega-Ortodoxa que queda enfrente de mí casa repica sus campanas con una fuerza increíble, como si con su sonido acallara a los mil muecines que gritan los cien nombres de Alá. Y yo, yo me cago en la Biblia, el Corán y en sus cien mil hijos y profetas que en esta esquina del Mediterráneo no me dejan dormir cuando ¡un servidor no trabaja hasta las cinco de la tarde!

En fin, qué le vamos a hacer, una vez despierto pues ala… buenos días, hacemos café, enchufamos el ordenador, periódicos digitales –de esos de papel, que no tengan garabatos ininteligibles, imposible hallarlos- salimos a la terraza, bostezamos en pijama, ¡ups! hola señora de enfrente, se dispersa la bruma del mar, comenzamos a oler a especias, el café de abajo saca sus sillas, mesas y sirve los primeros tés y shishas, la pescadería del edificio que está en ruinas se nutre de lo que los barcos han traído a puerto esta mañana, pasa el afilador por si quiere afilar algo, el chatarrero –con sus silbiditos típicos que me recuerdan al Madrid de mi infancia- y así, poco a poco, el centro de la ciudad se llena de un bullicio singular y, hasta ya, rutinario que no terminará hasta las tantas de la próxima noche. Y es que, Señores, esto es, otra vez, Oriente.

Pero no sólo es Oriente. Es también África y la desembocadura del río más largo del Mundo. Es Alejandro Magno y Cleopatra. O la cuna de Kavafis y de sus periplos a Ítaca. Es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido para comenzar una marcha hacia su pasado en una ilógica búsqueda de la prosperidad perdida. Es otra vez Egipto, la ciudad de Alejandría.

Y, ¿cómo llega uno hasta aquí? Pues eso mismo me pregunto yo cada mañana después de saludar a la vecina en pijama ¿qué cojones hago yo aquí otra vez? Supongo que ante una situación de estancamiento profesional y personal, uno recibe una llamada un día y le dicen: “Oiga, ¿quiere Usted un trabajo, una casa y unos amigos?” y cómo va a decir uno que no. El único problema es que todo eso te lo dan a tres mil quinientos kilómetros de tu residencia habitual y, claro, ahí entra entonces el factor aventura, cargado con dosis de ilusión y nostalgia, y un poquito de perejil -por supuesto, nada de jamón. Y así, casi sin pensar en las consecuencias -ni en el tiempo que estaría por aquí-, me vine a Alejandría para enseñar la lengua patria a jóvenes egipcios seguidores, en su mayoría, del Barça y amantes de los Gipsy Kings, la Macarena y Julio Iglesias ¡Toda una experiencia! me dirán. Pues sí, no hay nada como irse lejos para sentirse más cerca, y conocer así mejor tu propio país, aunque sea a ritmo azulgrana y con flamenco orientalizado -¡habibi, habibi! con un buen zapateao y vestido de faralaes, ya me entienden. Y, por si fuera poco, he vuelto a Egipto en un periodo de cambio. Cambios de esos que hacen que todo siga igual, que se vistan de democracia cuando quieren decir dictadura. Levantan la mano derecha por un lado para confirmar lo que dice el “líder”, como en los sistemas más autoritarios, y con la otra reciben dinero a escondidas por sus gestiones más oscuras, como en los sistemas más democráticos.

Pero bueno, ya habrá tiempo para quejarse o descojonarse, que anécdotas e historias no faltan. El sol ya está bien alto y va siendo hora de darse un paseo por la Corniche en dirección a la moderna Biblioteca Alexandrina, comer un buen shawarma, acompañado de una limonada de esas que sólo hacen aquí, mientras devoro el último libro de Eduardo Mendoza sentado frente a esa bahía donde algunos piratillas se vanaglorian de sacar tesoros sumergidos.