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15/5/11

Volando a Sol, pasando por la Liberación

Plaza de la Liberación. El Cairo. 12 de Mayo del año de la Revolución. He estado en esta plaza miles de veces desde que por primera vez viniera a Egipto hace años y nunca, como esta vez, se me había puesto el vello de punta. Y es que, desde las pasadas semanas de enero y febrero, en las que se sucedieron las protestas y enfrentamientos que, por todo el país, llevaron a la caída de Mubarak y al inicio de algo que quieren llamar cambio, esta plaza se ha convertido en todo un símbolo en el mundo árabe.

Por muchas ganas que me entraran de salir de Alejandría y sumarme a las masas de gente que reclamaban libertad entre el 25 de enero y el 11 de febrero, no había vuelto desde diciembre. Como es normal, el tráfico se ha reestablecido desde hace tiempo y ahora la gente, en vez de vivir y perecer en la Plaza, va a sentarse en el jardincito que hay en medio, aunque para llegar allí tengan que cruzar varios carriles movedizos e impredecibles de autos palimpsésticos.

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Las parejas, familias y grupetes de colegas se colocan allí y pasan el día, rodeados de ruido y contaminación –lo mejor para un rato de relajación vamos- mientras todo el perímetro de la plaza está repleto de puestecitos donde se pueden comprar banderas de Egipto, y todo tipo de parafernalia dedicada a la Revolución. Así, uno puede adquirir desde una camiseta o una taza revolucionaria hasta una pegatina tamaño real de una matrícula de coche egipcio con la fecha del 25 de enero impresa en ella. Igualmente, y siguiendo los preceptos de la moda revolucionaria, se venden banderas y otros símbolos de apoyo a los movimientos revolucionarios que se están desarrollando en Libia, Siria o Yemen. No obstante, los viernes, después de la oración, la plaza sí que suele llenarse de manifestantes para recordar a la actual regencia militar sus compromisos con el pueblo. Compromisos que, por ahora, no se ven respondidos en ninguna parte.

En fin, había ido a El Cairo pues al día siguiente tenía un vuelo de vuelta a Madrid. Dejaba, otra vez, mi vida egipcia. Todo, después de una semana cargada de anécdotas afectuosas, cargantes y divertidas que me han demostrado varias cosas: La importancia de lo natural y de los pequeños detalles, la amistad cercana y gran consideración de los más silenciosos, la estupidez de la diplomacia española, así como el pasotismo y desilusión de los que más esperas.

Sobre todo esto reflexionaba en el aeropuerto mientras me sajaban por un puñetero café aguado y un croissant que –sometido a carbono 14- sería de Tutankamón por lo menos. Derrochando mis últimas libras en tal bollería arqueológica me di cuenta de repente que, en la nueva terminal tres donde me hallaba, las canciones que ponían por megafonía y el vuelo anunciado tenían una estrecha relación. Así un vuelo a Roma, Fiumicino claro, iba precedido de un Nessun Dorma cantado por Pavarotti, mientras si el destino era el secundario Ciampino, Laura Paussini hacía de anfitriona. Música de Bollywood para Delhi, La Vie en Rose para París, Beatles para Londres, Frank Sinatra para New York, New York…y así con todos los destinos con más o menos acierto. Poco a poco iba creciendo mi interés por ver qué canción habría sido la elegida para representar a mi ciudad en esta Eurovisión aeroportuaria.

Veía movimiento en la puerta de embarque. En seguida llamarán a mi vuelo pensé. Se abre la megafonía y comienzan a sonar palmas, música de guitarra y un tío gritando como si le hubieran pisado un pie. Con la cabeza agachada me dije “sí, debe ser lo que han elegido para Madrid”. Flamenco puro y duro señores ¡Para competir con Edith Piaf o Paul McCartney! ¿¡es que no tenemos otra cosa coño!? Pero cual fue mi sorpresa cuando en vez de Madrid comunicaron que el vuelo con destino Barcelona estaba listo para embarcar. Menudo cabreo se iban a llevar los catalanes.

¡Todavía había esperanzas para meterse en el avión con la cabeza bien alta! Cuál sería la elegida para mi destino. Esperé un rato más pero la gente ya estaba embarcando. Mierda, deben haberlo anunciado justo cuando hablaba por teléfono hace unos minutos, me dije. Me puse en la cola de embarque. Nada sonaba por los altavoces. Dos personas más y mi turno. Todavía nada. Entrego mi tarjeta de embarque, me dan mi parte. Qué tenga buen vuelo y todo eso. Ando lentamente hacia la pasarela que me llevará a poner los pies fuera del país. Todavía nada. De repente, ¡tin ton tin!, megafonía. Me giro, me acerco a la puerta donde la señorita de azul me ha roto mi billete y asomo mi cabeza a la sala de espera mientras por todo el aeropuerto escucho a una ochentera Ana Torroja entonando un En la Puerta del Sol…

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4/9/09

Últimos derroteros: De El Cairo a Qart Hadast

Es curioso analizar los derroteros que toman nuestras vidas en poco tiempo. Quería inaugurar esta nueva página personal haciendo recuento y reflexión de lo pasado y lo presente en los últimos tiempos. Verán, justo hace un año comenzaba una etapa que pondría punto y aparte a siete maravillosos meses de un enriquecedor viaje por tierras lejanas. Viaje que, como los verdaderos periplos, no sólo me hizo cambiar mi perspectiva del mundo, sino que me llevó a conocerme a mí mismo y a encontrar cierta empatía y paridad con eso que parece dar tanto miedo a las personas que han hecho de la rutina su único timón. Me refiero a lo desconocido, a la compresión del mundo con otro corazón y otros ojos, me refiero a la otredad que se manifiesta en culturas tan dispares al mal llamado primer mundo como las que viven, sienten y sobreviven en el oriente mediterráneo.

Ciertamente, con la bandera de la investigación y posiblemente poniendo como excusa la que es mi profesión, la arqueología (una especie de periodismo del pasado en el que podía sentirme como reportero de guerra en batallas de otros tiempos diferentes al presente), me embarqué en una aventura que me llevó a poner mi puerto de atraque en las orillas nilóticas de El Cairo, donde al final acabó picándome la mítica serpiente cuyo veneno te engancha a la ciudad sin que nunca puedas dejar de sentir nostalgia ante su lejanía.


Al final de ese viaje, a lo largo del cual comprendí que lo humano florece más allá donde menos hay y que la historia avanza a ritmos muy distintos dependiendo de en qué creas o en dónde te encuentres, se abrió ante mí un periodo de incertidumbre y de búsqueda de nuevos rumbos. En Occidente me esperaba la crisis, la realidad diaria de un soñador en paro y mi visión, aculturada por lo vivido, de una sociedad “primer mundista” deshumanizada.

El tiempo pasó, volví a Oriente para decir un Ashufak, un hasta luego de aquel otro que ahora no era sino yo, y regresé a mis lunes al sol en las colas del INEM más castizo, y a mis viernes de shisha en Lavapiés. Así, poco a poco pasaron las semanas y los meses -siempre de manera proporcional a como se descoloraba mi cuenta naranja por falta de alegrías monetarias- hasta que un buen día comenzaron a soplar, poquito a poquito, los vientos que volverían a poner mi nave en movimiento.

Y así es como llegué a Cartagena, ciudad milenaria a la que nunca había ido y a la que, siendo sincero, jamás había prestado mucha atención. Aquí, ciudad de fundación oriental como aquellas en las que vivía un año atrás y siempre con la arqueología por bandera, he comenzado a trabajar como reportero de la antigüedad, esta vez de aquella que está bajo los mares. También, por qué no, he comenzado a lidiar con ese mundo frustrante y farragoso que es el intentar hacer cosas dentro de una administración pública en la que el movimiento y lo diferente parecen causar pereza.

Lo curioso es que este derrotero, de nuevo inesperado, me está igualmente aportando sorpresas a cada paso que doy, o a cada metro que me sumerjo. Desde las personas que voy conociendo hasta los increíbles atardeceres sobre el Mar Menor o las mágicas noches de doble luna, todo parece conjurar para hacer del viaje toda una experiencia.

En fin, me detengo aquí que ésta pretendía ser no más que una entrada de bienvenida. Seguiré contando y narrando, prometido está. Desde opiniones y sensaciones hasta frutraciones, lo que veo en la calle o la última receta probada. Por favor, no se corten en comentar lo que crean oportuno y compartir experiencias. Este viaje a Ítaca lo hacemos juntos. Un saludo a todos.