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12/4/11

El Peluquero de Mubarak

Anoche volví con un cabreo de aúpa a casa. Y es que, desde que volví a Alejandría hace casi dos semanas, todavía no me había encontrado con ninguno ¡Y resulta que era alumno mío!


Fue en el café Bab el-Shar -“Puerta del Este”- al que solemos ir todas las noches después de trabajar. Allí, entre humo de shishas, tés y cafés, ruido de dados y fichas moviéndose en interminables partidas de taula (backgammon), con el ir y venir del camarero –que lleva una moneda de veinticinco piastras, de esas con agujerito en medio, en el hueco de la oreja para poder oír mejor-, comentamos la jornada, discutimos de política y temas varios, y, en ocasiones, construímos babel chapurreando en diversas lenguas con los alumnos que quieren sumarse.

Uno de ellos, Omar, decía que estudiar Historia no servía para nada, que era aburrido y que no era más que eso, una larga historia que nunca acababa. No era práctica para la actualidad decía el muy becerro. Yo, sorprendido pues le creía un tipo culto y con más cabeza, le intentaba explicar la importancia que tiene conocer la trayectoria de un país y de su entorno –en este caso discutíamos de Egipto y de los cambios que se pretenden- para poder encauzarlo hacia un determinado futuro. Pero era imposible. Para él la Historia eran simplemente datos a recordar que nada tenían que ver con el presente y que en nada ayudarían a mejorar el futuro del país. Ahí ya me estaba tocando la médula y sentí que me iba encendiendo poco a poco con la conversación y que en cualquier momento le saltaba. Agarré la shisha y le dí unas cuantas caladas en un intento de calmarme.

Pero el tío –hijo de militar como no podía ser de otra forma- no hizo por mejorar su postura, aún viendo que todos los sentados alrededor estabamos en su contra. Y así, comenzó, también acalorado el chaval, a decir que echaba de menos los tiempos de Mubarak, en los que había más control en las calles y más seguridad. La gente necesitaba alguien que los guiara y comprendiera su forma de pensar, decía. Argumentaba también que los egipcios que murieron durante la revolución –unos ochocientos según los últimos recuentos- de alguna forma se lo tenían merecido pues son los que causaron que, actualmente y a los ojos de mi estudiante de español, el país esté sumido en un auténtico caos. Y para más inri, estaba de acuerdo en que había que educar a la población si se quería mejorar la situación del país pero que, para tal objetivo, habría que eliminar de golpe y porrazo a todos aquellos egipcios mayores, analfabetos e iletrados pues ellos jamás entenderían la importancia de los supuestos cambios, en caso de que se llevaran a cabo. Y esto lo dice uno que no quiere saber nada de su propia Historia, manda cojones.

Llegados a este punto, hice ademán de terminar mi enab, cambiamos la conversación hacia otros derroteros más seguros y pronto pagamos y nos fuimos. Cada uno por su lado. Ya me he encontrado en mi vida mucha gente con una mentalidad retrograda y cuya conversación es más un monólogo que un intercambio de ideas. No necesito más.


Sin embargo, varias horas antes, en el curso de nivel avanzado que doy a las 17.30 me encontré con otra de las facetas de este “nuevo” Egipto. Una de mis alumnas, Rana, defendía de manera apasionada la construcción de una nueva constitución en la que la religión se quedara completamente fuera del aparato de gobierno -hay que puntualizar que ella, al igual que muchos que defienden estas ideas, son personas religiosas, con velo y toda la parafernalia. Al parecer, junto muchos otros voluntarios jóvenes que voy conociendo, se estaba organizando para concienciar a la gente –sobre todo en las poblaciones más aisladas y pobres- sobre lo que supone tener un sistema democrático y laico. Estos jóvenes entienden que cualquier tipo de cambio comienza por la educación –a todos los niveles-, que un cambio de mentalidad puede llevar años y que por eso es necesario actuar cuánto antes. Hay mucha gente que tiene la energía y las ganas para hacerlo y seguir luchandon por llevar a buen término las consecuencias producidas por la revolución.


Estos ejemplos son dos de los rostros que tendrán que lidiar en la construcción del país si quieren que el proceso comenzado el pasado 25 de enero traiga un mejor futuro. De alguna manera me recuerda –aunque nunca lo viví- a las discusiones que en el otro extremo del Mediterráneo debieron producirse en otra transición hacia la democracia hace ya treinta y tantos años.

El caso es que por la calles de Alejandría, si bien nada parece haber cambiado, si se respira un cierto ambiente distinto. La policía rara vez está en las calles. Y cuando sale, lo hace tímidamente, como perro culpable con miedo al palo del amo -en este caso el pueblo- y con coches totalmente nuevos y de color blanco en su mayoría cuando antes eran todos azul oscuro. El ejército -el cual hace unos días abrió fuego contra los manifestantes que pacíficamente pedían que se juzgara a Mubarak en Tahrir- está en las calles pero sólo alrededor de los edificios importantes (un caso curioso: El Consulado de Libia está completamente blindado por el ejército egipcio. El de España, sin embargo, no tiene protección alguna). El país funciona a medio gas, sucediéndose numerosas huelgas de diversos colectivos que piden mejoras en sus condiciones laborales, de vida o de estudios.

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Igualmente las fachadas de muchos muros y edificios han sido pintadas con banderas de Egipto, símbolos de libertad y palomas de la paz. Por otro lado, la expresividad cultural con referencias a la libertad –tantos años reprimida por el rais- está surgiendo de debajo de los tanques y no es extraño ver, por ejemplo, conciertos y actividades pro-democracia y anti-régimen en algunos rincones de la ciudad. Cosa completamente prohibida hace tan sólo dos meses.



Aún así, la actual “regencia” militar del país no ha cambiado nada. Su jefe, Mohammed Hussein Tantawi, era una persona bien cercana al depuesto presidente. Incluso hay teorías que cuentan que el Señor Mubarak sigue moviendo los hilos desde su residencia en Sharm el-Sheik. Todo igual que antes, pero ahora viendo el mar, sin masas de gente que vengan a su palacio a incordiarle y seguramente con una shisha en una mano mientras cuenta los millones que tiene con la otra. Algunos cuentan que hasta le envían a su peluquero personal una vez por semana en avión privado desde El Cairo. Y seguramente, una vez alicatado, salga de marcha por la ciudad costera del Mar Rojo durante el toque de queda –entre 2 y 5 de la mañana-, el cual se mantiene probablemente para que nadie le vea y pueda darse un garbeo.

4/2/11

Revolución por la Libertad Egipcia II

El sábado 29 nos levantamos en una Alejandría completamente desolada. El esperado discurso de Mubarak la noche anterior no hizo sino calentar mucho más el ambiente. El octogenario líder decía que no se iba pero que haría un cambio de gobierno. Cambios que después, en la práctica no cambiaban nada.

Una sola vuelta por la ciudad bastaba para comprender que los daños ocasionados por esta revolución no se recuperarían de la noche a la mañana. Allí a donde mirarás, por cualquier calle que te metieras había coches calcinados, camiones de policía volcados e incendiados o algún edificio oficial en llamas. El Palacio de Gobernación, como digo, no sólo había sido pasto de las llamas sino que ahora se había derruido cortando, con sus restos, las calles de alrededor. El ejército, que había sido recibido casi con vítores por el pueblo, aparcaba sus tanques y coches de tropas en distintos lugares estratégicos de la ciudad –sólo cerca de mi casa hay todavía diez tanques. A la ciudad le iba a costar mucho tiempo recuperarse de las batallas del día anterior. Además, no había huella alguna de la policía. Ni de la Nacional ni de la de Tráfico, por lo que ahora los que orquestaban a los coches en las arterias principales de la ciudad eran los mismos ciudadanos. Y debo decir, que era mucho más ordenado y fluido que si lo hubieran dirigido los hombres con uniforme oficial.


Las comunicaciones móviles habían vuelto y no parábamos de llamar a todos nuestros conocidos. Nuestras familias en Europa estaban al borde de un ataque de nervios y preocupación ya que durante un día entero, en el que sólo aparecían noticias muy desalentadoras en la televisión acerca la situación en Egipto, no habían podido comunicar con nosotros. Internet seguía completamente bloqueado. Un ataque sin precedentes a la libertad de expresión y comunicación.

El toque de queda continuaba pero lo habían adelantado a las tres de la tarde. Y, como el día anterior, era justo a esa hora cuando la gente comenzó a agruparse fuera de sus casas y a gritar comparsas en contra de Mubarak y del sistema. Lo mismo sucedía en El Cairo donde diversos helicópteros y cazas militares volaban bien bajo en un intento de asustar a la población. La policía también se había retirado en la capital y era curioso ver cómo, sin las fuerzas de seguridad y el orden, todo se había vuelto mucho más pacífico y seguro.



Ya se hablaba entonces de una nueva convocatoria popular, “La Marcha del Millón” –que dicho así parece todo un concurso televisivo en el que el primero que llegue al palacio Presidencial se lleva la cuantiosa suma. La cita iba a ser el martes 1 de febrero y pretendía sumar el mayor número de manifestantes posibles para ir desde la Plaza de la Liberación cairota hasta la residencia de Mubarak, en Heliópolis a unos diez kilómetros.


Durante los días previos a la Marcha, las manifestaciones se fueron sucediendo por todo el país, al igual que el caos de los turistas que intentaban salir del territorio como fuera. Yo mismo tenía dos amigos atrapados en Luxor y creo que hoy mismo han conseguido un pasaje para Europa. Han estado casi una semana entera durmiendo y viviendo en el aeropuerto.


Los nervios y la tensión también se respiraban en la calle. Los bancos estaban cerrados y no se podía sacar dinero. La comida comenzaba a escasear en las tiendas de alimentación cercanas a mi casa y las grandes superficies comerciales habían sido saqueadas. Tampoco quedaban tarjetas de recarga para el móvil y el toque de queda continuaba. Ante el vandalismo que se esperaba para la noche, los vecinos se agruparon y decidieron formar grupos de vigilancia y defensa en caso de alguna sorpresa nocturna inesperada. Yo mismo me armé con un cuchillo de cocina y con el palo de la escoba en una escena que ahora me parece ridícula quizá pero que entonces era lo más lógico dada la situación.


Hay que decir que varios de los grupos que sembraban ese miedo por la noche –en su mayoría jóvenes- habían sido pagados por la policía para acometer su fin. Y esa noche puedo jurar que lo consiguieron. Antes de irme a la cama vi una ranchera llena de chavales con armas de fuego y machetes. Iban con la música bien alta y gritando.



Esa noche tampoco conseguí dormir.


Y así, sin trabajar, sin dormir, y con cierto nerviosismo en el cuerpo llegamos al día de la Marcha. Ese día participé en las manifestaciones con mis amigos de Alejandría y puedo decir que no he vivido algo tan emocionante en mi vida. Miles y Miles de personas, de varias confesiones, idiologías y razas; familias enteras y bastante gente internacional; así como recién casados o incluso algunos que celebraban su boda allí mismo, estaban concentrados a lo largo de la Corniche alejandrina con pancartas despidiendo irónicamente a Mubarak y esperando hacer historia. El Imán de la mezquita enfrente nuestra, sobre la cual volaba una cometa con la bandera del país que llegué a sujetar en algún momento, tomó la palabra por megafonía y comenzó a gritar frases en contra del régimen que luego eran repetidas por toda la masa de gente allí congregada.

Era increíble. Un pueblo entero intentando cambiar su propio país y haciéndose escuchar hasta por los medios que usan para hablar con dios.



Pero el problema vino después. Esa misma noche conocimos a los pro-Mubarak: Gente afín al régimen entre los que se encontraban policías vestidos de civil y personas traídas desde áreas rurales de Egipto a la capital, y a las que –según los medios de comunicación- se las había pagado hasta dos mil libras egipcias (unos trescientos euros) por enfrentarse a los manifestantes reunidos en la Plaza de la Liberación en El Cairo. En Alejandría, en una escala menor, también pasaba lo mismo.

Montados en caballos o en camellos, y armados con palos, cuchillos y hasta armas de fuego, los pro-Mubarak provocaron unos enfrentamientos que duran hasta estos mismos instantes en los que escribo. Han muerto muchas personas y hasta los periodistas extranjeros han sido atacados, maltratados y hasta, alguno, pasado a cuchillo.

Los periodistas más importantes de la televisión nacional egipcia salían ayer en medios internacionales diciendo que habían dimitido de sus puestos ya que no les dejaban contar la realidad de lo que está pasando en su propio país. Me quito el sombrero ante ellos. Tuvieron que salir silenciosamente de la redacción en la que estaban sin decir que, a dónde iban, era a la mismísima Plaza de la Liberación a unirse a los manifestantes.



A eso de las 22.30 el Presidente hace otra aparición en televisión con un discurso lleno de palabras pero carente de sentido alguno. El pueblo se cabrea más y los bandos enfrentados no cesan de intentar acallar sus odios a golpes. Parece el comienzo de un conflicto civil en el que el ejército es el único espectador pasivo.


Sin embargo, ayer mismo salió en televisión el Vicepresidente pidiendo disculpas por los altercados aunque diciendo que ellos no habían sido. Quiere comenzar además a buscar a los culpables de la organización de las manifestaciones entre los que cree ver manos extranjeras. Manda cojones. Por la noche igualmente, en una entrevista a la ABC americana, el Mubarak éste dice que quiere irse, que está hastiado ya del poder, pero que si se va todo el país se sumirá en un caos del que no podrá salir. Encima querrá que le demos las gracias. Lo que consigue es que la gente siga anclada a la calle y a sus demandas.

Para hoy se espera una manifestación enorme en todo el país. Con nubarrones pro-Mubarak algo contenidos por el ejército que parece ir tomando partido en este juego de ajedrez o, mejor dicho, de backgammon. Lo llaman “El Día de la Partida” y esperan que sea el definitivo. He leído en los periódicos que EEUU está detrás de un plan estratégico que sacaría a Mubarak de la presidencia y crearía un gobierno de transición con los Hermanos Musulmanes dentro. Mientras, escucho a los imanes cantando sus oraciones antes de la hora habitual y, por la televisión nacional, al Imán de la mezquita principal de El Cairo,. Al-Azhar, emitir para todo el país en un intento de calmar los ánimos. Veremos a ver lo qué pasa.