Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo. Lleno de aventuras, lleno de experiencias (K.Kavafis).
12/2/11
8/2/11
Revolución por la Libertad Egipcia III
Las tiendas comienzan a abrir y a llenarse de comida y otros suministros mientras la gente va volviendo a sus trabajos y accediendo, por fin, a su dinero en los bancos, aunque con limitaciones. Así mismo, el toque de queda se ha ampliado y ahora tenemos algunas horas más de movimiento. Aún así, aunque parezca que esto ha terminado y que la revuelta no ha sido más que una pataleta del pueblo –o eso debe pensar el “Rais” y su gobierno de mentecatos-, no hay nada más lejos de la realidad.
Con los periodistas internacionales confinados a trabajar en ciertas áreas, para los ojos del mundo parece que sólo quedan unos pocos de cientos en la Plaza de la Liberación de El Cairo. Nada sale en los periódicos de la violencia ocurrida en los barrios periféricos, de las muchas otras muertes y asesinatos ocurridos en ciudades sin importancia mediática, de cómo el gobierno soborna a manifestantes para que abandonen la marcha –les ofrecen hasta viviendas gratuitas- o de cómo los tanques y el ejército, poco a poco, van presionando a la gente en la calle para hacer borrón y cuenta vieja. Tampoco veo nada escrito en la prensa sobre la extrema publicidad al régimen que hace la televisión nacional o de los miles de manifestantes que durante horas siembran las calles céntricas de Alejandría pidiendo no una limpieza de fachada sino una construcción completamente nueva del sistema de gobierno. Ésto último, hace dos días. Hoy mismo, apuesto lo que sea a que volverá a pasar. Mubarak, para seguir acallando bocas, ayer mismo subió los sueldos a los funcionarios del estado y, sobretodo, a los militares por si hubiera alguno descontento y se le hubiera pasado por la cabeza jugar a ser Tejero.
El gobierno dice que ya todo ha vuelto a la normalidad y sin embargo eso no es lo que me cuentan del todo. Las universidades paralizaron sus exámenes y el comienzo de su segundo ciclo, los bancos abren tres horas al día nada más y la bolsa del país sigue cerrada a cal y canto devaluando aún más la divisa nacional. El ejército sigue en las calles y comienza a pedir identificación y pasaporte a todo aquel que pillen más allá de la hora del toque de queda. No hay servicio de limpieza, ni de tráfico, ni de seguridad casi. Son los mismos ciudadanos egipcios los que, por decisión propia, organizan la circulación vial, limpian las calles y hasta van solucionando algunos destrozos, pintando fachadas y repartiendo comida.
Muchos han vuelto a trabajar sí, pero a la salida del curro, se van a la manifestación a seguir protestando. Han asumido que lo que está haciendo el gobierno es un pulso a ver quién se cansa antes y la gente está comprometida a aguantar todo el tiempo que sea necesario. Incluso incorporando a su rutina diaria, las protestas y manifestaciones. Para cabezotas ellos mismos.
De hecho, en la Plaza de Tahrir, en El Cairo, la gente que ha acampado allí ha montado su propia comunidad y estarán allí hasta que este dictador de pacotilla decida largarse. Así, en la Plaza puedes encontrar desde puestos para comprar comida y bebida, hasta shishas y backgammons, pasando por un periódico propio –llamado “Día de la Liberación”- y algún puesto de prensa que otro. Una pantalla gigante, improvisada a partir de una sabana vieja- retransmite las noticias y escasas apariciones del gobierno. Lo de los servicios es algo más complicado, especialmente para ellas, pero estoy seguro que las calles aledañas a la Plaza llevan inscrita la palabra “w.c.” aunque ésta más que verse, se huele.
Por otro lado, y poniendo una nota de humor a todo ésto, he de decir que no he visto gente más ingeniosa que los egipcios. Hace poco me mandaron un email con pancartas con diversos eslóganes vistos en las manifestaciones. Me llamó la atención uno que pedía a Mubarak que se vaya en escritura jeroglífica y otro que, en inglés, preguntaba al Mister President cuál era la parte de “go away” que no había captado. Otras pancartas le pedían que se marchase ya de una vez pues sus hombros están cansados de aguantar carteles durante tanto tiempo.

Ingenioso también son los atuendos que usan para presentar batalla a los cuerpos de seguridad del régimen y a sus compinches. Así podemos ver como por escudos normalmente usan señales de tráfico –las de prohibido aparcar y el famoso “stop” son las más demandadas este invierno- que quitan de sus postes callejeros mientras que como armas de defensa y ataque pueden elegir entre una gama bien variada de productos: Desde palos de escoba y de golf, hasta los más sofisticados palos con clavos colocados en uno de sus extremos (con las puntas hacia fuera, claro) o verdaderos alfanjes y espadas de colección, herencia de abuelos o compradas en el mercadillo de antigüedades.
Pero lo que realmente tiene una importancia vital, es el casco. La protección de la cabeza es capital ante la cantidad de porrazos que están cayendo estos días a diestro y siniestro. Por eso mismo, y ante la falta de material de calidad en el mercado, los egipcios han ideado los suyos propios. El que más me gusta es aquel que se protege la cabeza con barras de pan atadas alrededor de la frente o con botellas vacías de agua para amortiguar. A veces no sabes si realmente buscan protección o es una forma de decir que no tienen ni para pan o agua. Otros meten sus cabezas en las papeleras de sus casas o en cajas de cartón en las que perforan dos agujeritos para poder ver. La cacerola de mamá también se ha puesto de moda en la Revolución del Loto y así podemos encontrar a muchos manifestantes que llevan la cabeza metida en un perolo de metal grande y éste, a su vez, atado alrededor de la cabeza con trapos o bufandas. Todo lo que sea necesario para no recibir un buen golpe.
En fin, gracias a Dios, a Allah o la madre que los parió a ambos, la lucha continúa pero de una manera bastante más pacífica y, por ahora, han dejado sus uniformes de guerra en casa. Hoy se volverán a llenar las calles de Alejandría y el gobierno hará como que no ha oído nada. “Ya se le pasará la rabieta al niño” deben pensar los faraones que rigen en el palacio de Heliópolis. Sin embargo, dudo mucho que esta revolución se vaya apagando hasta extinguirse, al menos esa no es la sensación que me da cuando salgo a la calle y habló con la gente. No basta con reformar dos articulitos de la constitución –la cual está escrita para y por Mubarak- hay que cambiarla por completo. El viernes también hay otra gran marcha convocada en todo el país. Veremos cómo se desarrolla todo aunque, para entonces, quizá yo ya no esté por aquí.
4/2/11
Revolución por la Libertad Egipcia II
Una sola vuelta por la ciudad bastaba para comprender que los daños ocasionados por esta revolución no se recuperarían de la noche a la mañana. Allí a donde mirarás, por cualquier calle que te metieras había coches calcinados, camiones de policía volcados e incendiados o algún edificio oficial en llamas. El Palacio de Gobernación, como digo, no sólo había sido pasto de las llamas sino que ahora se había derruido cortando, con sus restos, las calles de alrededor. El ejército, que había sido recibido casi con vítores por el pueblo, aparcaba sus tanques y coches de tropas en distintos lugares estratégicos de la ciudad –sólo cerca de mi casa hay todavía diez tanques. A la ciudad le iba a costar mucho tiempo recuperarse de las batallas del día anterior. Además, no había huella alguna de la policía. Ni de la Nacional ni de la de Tráfico, por lo que ahora los que orquestaban a los coches en las arterias principales de la ciudad eran los mismos ciudadanos. Y debo decir, que era mucho más ordenado y fluido que si lo hubieran dirigido los hombres con uniforme oficial.
Las comunicaciones móviles habían vuelto y no parábamos de llamar a todos nuestros conocidos. Nuestras familias en Europa estaban al borde de un ataque de nervios y preocupación ya que durante un día entero, en el que sólo aparecían noticias muy desalentadoras en la televisión acerca la situación en Egipto, no habían podido comunicar con nosotros. Internet seguía completamente bloqueado. Un ataque sin precedentes a la libertad de expresión y comunicación.
El toque de queda continuaba pero lo habían adelantado a las tres de la tarde. Y, como el día anterior, era justo a esa hora cuando la gente comenzó a agruparse fuera de sus casas y a gritar comparsas en contra de Mubarak y del sistema. Lo mismo sucedía en El Cairo donde diversos helicópteros y cazas militares volaban bien bajo en un intento de asustar a la población. La policía también se había retirado en la capital y era curioso ver cómo, sin las fuerzas de seguridad y el orden, todo se había vuelto mucho más pacífico y seguro.
Ya se hablaba entonces de una nueva convocatoria popular, “La Marcha del Millón” –que dicho así parece todo un concurso televisivo en el que el primero que llegue al palacio Presidencial se lleva la cuantiosa suma. La cita iba a ser el martes 1 de febrero y pretendía sumar el mayor número de manifestantes posibles para ir desde la Plaza de la Liberación cairota hasta la residencia de Mubarak, en Heliópolis a unos diez kilómetros.
Durante los días previos a la Marcha, las manifestaciones se fueron sucediendo por todo el país, al igual que el caos de los turistas que intentaban salir del territorio como fuera. Yo mismo tenía dos amigos atrapados en Luxor y creo que hoy mismo han conseguido un pasaje para Europa. Han estado casi una semana entera durmiendo y viviendo en el aeropuerto.
Los nervios y la tensión también se respiraban en la calle. Los bancos estaban cerrados y no se podía sacar dinero. La comida comenzaba a escasear en las tiendas de alimentación cercanas a mi casa y las grandes superficies comerciales habían sido saqueadas. Tampoco quedaban tarjetas de recarga para el móvil y el toque de queda continuaba. Ante el vandalismo que se esperaba para la noche, los vecinos se agruparon y decidieron formar grupos de vigilancia y defensa en caso de alguna sorpresa nocturna inesperada. Yo mismo me armé con un cuchillo de cocina y con el palo de la escoba en una escena que ahora me parece ridícula quizá pero que entonces era lo más lógico dada la situación.
Hay que decir que varios de los grupos que sembraban ese miedo por la noche –en su mayoría jóvenes- habían sido pagados por la policía para acometer su fin. Y esa noche puedo jurar que lo consiguieron. Antes de irme a la cama vi una ranchera llena de chavales con armas de fuego y machetes. Iban con la música bien alta y gritando.
Esa noche tampoco conseguí dormir.
Y así, sin trabajar, sin dormir, y con cierto nerviosismo en el cuerpo llegamos al día de la Marcha. Ese día participé en las manifestaciones con mis amigos de Alejandría y puedo decir que no he vivido algo tan emocionante en mi vida. Miles y Miles de personas, de varias confesiones, idiologías y razas; familias enteras y bastante gente internacional; así como recién casados o incluso algunos que celebraban su boda allí mismo, estaban concentrados a lo largo de la Corniche alejandrina con pancartas despidiendo irónicamente a Mubarak y esperando hacer historia. El Imán de la mezquita enfrente nuestra, sobre la cual volaba una cometa con la bandera del país que llegué a sujetar en algún momento, tomó la palabra por megafonía y comenzó a gritar frases en contra del régimen que luego eran repetidas por toda la masa de gente allí congregada.
Era increíble. Un pueblo entero intentando cambiar su propio país y haciéndose escuchar hasta por los medios que usan para hablar con dios.
Pero el problema vino después. Esa misma noche conocimos a los pro-Mubarak: Gente afín al régimen entre los que se encontraban policías vestidos de civil y personas traídas desde áreas rurales de Egipto a la capital, y a las que –según los medios de comunicación- se las había pagado hasta dos mil libras egipcias (unos trescientos euros) por enfrentarse a los manifestantes reunidos en la Plaza de la Liberación en El Cairo. En Alejandría, en una escala menor, también pasaba lo mismo.
Montados en caballos o en camellos, y armados con palos, cuchillos y hasta armas de fuego, los pro-Mubarak provocaron unos enfrentamientos que duran hasta estos mismos instantes en los que escribo. Han muerto muchas personas y hasta los periodistas extranjeros han sido atacados, maltratados y hasta, alguno, pasado a cuchillo.
Los periodistas más importantes de la televisión nacional egipcia salían ayer en medios internacionales diciendo que habían dimitido de sus puestos ya que no les dejaban contar la realidad de lo que está pasando en su propio país. Me quito el sombrero ante ellos. Tuvieron que salir silenciosamente de la redacción en la que estaban sin decir que, a dónde iban, era a la mismísima Plaza de la Liberación a unirse a los manifestantes.
A eso de las 22.30 el Presidente hace otra aparición en televisión con un discurso lleno de palabras pero carente de sentido alguno. El pueblo se cabrea más y los bandos enfrentados no cesan de intentar acallar sus odios a golpes. Parece el comienzo de un conflicto civil en el que el ejército es el único espectador pasivo.
Sin embargo, ayer mismo salió en televisión el Vicepresidente pidiendo disculpas por los altercados aunque diciendo que ellos no habían sido. Quiere comenzar además a buscar a los culpables de la organización de las manifestaciones entre los que cree ver manos extranjeras. Manda cojones. Por la noche igualmente, en una entrevista a la ABC americana, el Mubarak éste dice que quiere irse, que está hastiado ya del poder, pero que si se va todo el país se sumirá en un caos del que no podrá salir. Encima querrá que le demos las gracias. Lo que consigue es que la gente siga anclada a la calle y a sus demandas.
Para hoy se espera una manifestación enorme en todo el país. Con nubarrones pro-Mubarak algo contenidos por el ejército que parece ir tomando partido en este juego de ajedrez o, mejor dicho, de backgammon. Lo llaman “El Día de la Partida” y esperan que sea el definitivo. He leído en los periódicos que EEUU está detrás de un plan estratégico que sacaría a Mubarak de la presidencia y crearía un gobierno de transición con los Hermanos Musulmanes dentro. Mientras, escucho a los imanes cantando sus oraciones antes de la hora habitual y, por la televisión nacional, al Imán de la mezquita principal de El Cairo,. Al-Azhar, emitir para todo el país en un intento de calmar los ánimos. Veremos a ver lo qué pasa.
3/2/11
Revolución por la Libertad Egipcia I
Es extraño cómo se acostumbra uno a las rutinas improvisadas del caos. Desde hace unos días las noches en el centro de Alejandría son de todo menos seguras. Si bien los tanques campan a sus anchas por la ciudad, también lo hacen algunas bandas de jóvenes saqueadores con armas de fuego y hasta alfanjes árabes. Los he visto yendo en rancheras y en motos por las calles principales de la ciudad y la verdad es que dan miedo. Las comunidades de vecinos se han organizado en improvisadas milicias y montan guardias para -con palos de escoba, de golf y cuchillos de cocina- defender sus propiedades y a sus familiares.
Esa misma noche, en la que muchos no pudimos conciliar el sueño, escuchamos a través del teléfono fijo –único medio que funcionaba sólo para llamar dentro de la misma ciudad- como en muchas otras partes de Alejandría (que mide cerca veinticinco kilómetros de largo) había sucedido lo mismo. En el Sporting Club miles de manifestantes llevaban un burro a cuestas y le presentaban como su presidente; en los disturbios previos al incendio del Palacio de la Gobernación alguien se había llevado la silla del mismísimo gobernador, así como habían saqueado ordenadores, archivos y otros cuantos bienes administrativos.
18/12/10
De cervezas y tormentas en Oriente

Anécdotas como ésta, o cómo la del día en que les tuve que explicar lo que es un tampón –en el Super parece sólo haber compresas con alas más grandes que las del Boing 747 que hace la ruta Cairo-Madrid (que conste que me lo ha dicho una amiga, yo realmente no tengo ni idea. De aviones claro)- y dibujarlo en la pizarra, o como cuando algunas chicas de clase me criticaron por poner al salido de Sabina en clase y su mano correspondiendo debajo de la falda en su mítico “Y nos dieron las diez…”, hacen que cada día me vaya a la cama sin preguntarme el “¿qué cojones hago yo aquí?” de hace un mes o el que me cague en los gritos de batalla que acompañan a los primeros rayos del sol.

También he pensado, y aquí acabo, traerme una copia de los evangelios. Especialmente el de Juán. Sí, sí, me estoy volviendo religioso señores. No se asusten, es por una buena razón que está ahí bien escrita. Y es que Jesús era un crack. Sí, sí, un crack. Pues no va el tío y, ante la falta de alcohol en estas tierras, ¡convierte el agua en vino! ¿No es un grande? A eso sí que le debo devoción y empeño.
14/12/10
6/12/10
La fragata Arapiles y Alejandría en el año 1871

Los puertos en los que recaló nuestro navío antes de llegar a Egipto fueron Mesina, Siracusa, El Pireo, Çannakale, Constantinopla, Esmirna, Quíos, Samos, Rodas, Larnaca, Beirut y Jafa. Más bien parecía un crucerito de placer, antes que una misión española aprobada por Real Orden ¡si hasta la mujer del capitán del barco iba a bordo!
De hecho, al llegar a Alejandría –último puerto de la expedición- no tenían más dinero para compras, ni tenían víveres –la tripulación era de 502 individuos- o combustible suficiente para continuar. Se tuvieron que quedar en la ciudad menos tiempo del programado. Además, por culpa de la poca ayuda del MAN y del gobierno central, los tres científicos que componían la Comisión Científica –un arqueólogo, un epigrafista e intérprete, y un dibujante y fotógrafo, pareciendo un chiste del gremio- tuvieron que resignarse a no ver las pirámides de Gizeh y no poder gritar, a lo Napoleón, eso de “¡desde lo alto de esas pirámides…!”, con la ilusión que les haría. No pudieron tampoco retratarse subidos a camello con la pirámide de Keops al fondo y un sonriente beduino a su lado, ni grabar su nombre en alguna roca -con el año de la infracción al lado, claro- como hacían los señoritos de entonces. Pero pudieron disfrutar, durante tres días, con sus noches, de una Alejandría que volvía a ser la perla del Mediterráneo, testigo de la mezcla de culturas orientales y occidentales, así como foco comercial por excelencia de todo el Levante.

Todas estas mejoras conllevaron el incremento de población de la ciudad que pasó de 13.000 habitantes a comienzos del siglo XIX a unos 300.000 por el tiempo de la expedición española. El número de extranjeros que se asentaban en la ciudad –especialmente griegos y sirios- cada vez era más grande, creándose zonas específicas para su residencia como los barrios de Mancheeya o Attarine, donde el arquitecto Francesco Mancini diseñó un tramado urbano con grandes avenidas y ajardinadas plazas. Tanto creció la ciudad que en 1860 se tuvo que crear la Estación Ferroviaria de Ramleh y un sistema de tranvías que, aún siendo el más antiguo de todo el continente africano, no debe haber sufrido muchos cambios hasta la actualidad. Los tranvías que debió ver la tripulación de la Arapiles estarían aún tirados por caballos. Poco después pasaron a ser de vapor y en 1902 se electrificaría toda la red.
Paradigmáticamente, mientras los grandes descubrimientos arqueológicos se llevaban a cabo en otras riberas del Mediterráneo, en Alejandría -cuyo crecimiento urbano había ocupado todos los restos de la antigua ciudad- la investigación tuvo que hacerse a cargo de académicos locales sin ningún renombre internacional. Es importante mencionar el plano de la ciudad antigua que elaboró el ingeniero Mahmud al-Falaki en 1866, que ha servido, un siglo después, para analizar y buscar los restos de la ciudad Greco-Romana. A parte, sólo dos arqueólogos alemanes serían bien recordados entre algunas hazañas extranjeras: Ernst von Sieglin, por sus trabajos en las catacumbas de Komb es-Shoqafa –atracción turística por excelencia de la ciudad actual- y Heinrich Schiliemann, recordado por no poder añadir la tumba de Alejandro Magno a sus descubrimientos chovinistas.
Por desgracia los españoles, esta vez, tampoco pudimos hacer nada más que mirar y negociar, tal y como hacen los turistas que pasan en la actualidad por la ciudad –incluso, quizás fueran los alejandrinos los que nos dieran bakshish a nosotros esta vez. Durante la estancia de los de la Arapiles en Egipto, el Capitán D. Ignacio García de Tudela –cansado de su mujer a estas alturas del viaje supongo-, telegrafió al Ministro de la Marina para pedir más ayudas pues veía que llegar a España iba a ser cosa improbable como no se pusieran a remar y se comieran los unos a los otros. Así, tras una respuesta positiva, el 7 de septiembre pusieron rumbo a Cartagena, donde arribarían quince días después tras un necesario reabastecimiento de carbón en la Valeta.
El Doctor Juan de Dios de la Rada y Delgado, -impulsor de la expedición y científico experto en Arqueología, Numismática y Diplomática-, a pesar de las dificultades económicas en las que se hallaba al llegar al puerto egipcio, consiguió hacerse con algunos objetos que hoy en día son de lo más preciado en el Museo Arqueológico Nacional. Un ejemplo puede ser la magnífica cabeza en granito de un soberano ptolemaico -en canon completamente faraónico- que hoy forma parte de sus fondos y que fue traída en uno de los 22 cajones de piezas, fotos, dibujos y descripciones que la “improvisada” expedición produjo eventualmente.



