6/12/10

La fragata Arapiles y Alejandría en el año 1871

El 4 de septiembre de 1871 atracaba en el PuertoOccidental de Alejandría la fragata española Arapiles, tras hacer una visita al recién inaugurado Canal de Suez en Port Said. El barco, un navío blindado de guerra construido en Inglaterra ese mismo año y provisto de cuatro palos, dos hélices y seis calderas con cinco carboneras para su impulso a vapor, había partido de Nápoles –donde representaba a la fraccionada España de Amadeo I de Saboya en la Exposición Universal de la ciudad- mes y medio antes con destino Oriente.

Esta expedición se hizo en un momento en que España necesitaba reinventar su cara ante Europa tras los numerosos cambios de gobierno, caos, desamortizaciones y crisis económicas acaecidas a en la segunda mitad del siglo XIX. Quizá, intentando emular a Napoleón a comienzos de siglo y su desembarco con científicos en Egipto –que consiguieron hacerse con tal cantidad de objetos y obras de arte faraónicas que los ingleses no dudaron en quitárselas para adornar las paredes de su querido Museo Británico en cuanto tuvieron ocasión- los españolitos quisimos hacer lo mismo. Pero, si bien la idea era buena y el recién creado Museo Nacional de Arqueología necesitaba llenar sus colecciones con piezas arqueológicas representativas y de diverso origen, la empresa se llevó a cabo con muchísimos obstáculos y teniendo que pedir ayuda de manera constante para poder acabarla. Es decir, se hizo rápido, mal, sin previsión y con mucha pomposidad. Como a los españoles nos gusta hacer las cosas, vamos.

Los puertos en los que recaló nuestro navío antes de llegar a Egipto fueron Mesina, Siracusa, El Pireo, Çannakale, Constantinopla, Esmirna, Quíos, Samos, Rodas, Larnaca, Beirut y Jafa. Más bien parecía un crucerito de placer, antes que una misión española aprobada por Real Orden ¡si hasta la mujer del capitán del barco iba a bordo!

Entre los objetivos de la travesía estaban los de obtención de piezas para el museo y visita a diversas colecciones para conocer su metodología museológica, a la par que ampliar relaciones diplomáticas con los países ribereños y aumentar la presencia comercial española en Oriente. El problema es que, aun a sabiendas de que el dinero concedido era insuficiente, no dudamos ni un instante en partir de Nápoles ¡ya alguien se apiadaría de nosotros en el camino!

De hecho, al llegar a Alejandría –último puerto de la expedición- no tenían más dinero para compras, ni tenían víveres –la tripulación era de 502 individuos- o combustible suficiente para continuar. Se tuvieron que quedar en la ciudad menos tiempo del programado. Además, por culpa de la poca ayuda del MAN y del gobierno central, los tres científicos que componían la Comisión Científica –un arqueólogo, un epigrafista e intérprete, y un dibujante y fotógrafo, pareciendo un chiste del gremio- tuvieron que resignarse a no ver las pirámides de Gizeh y no poder gritar, a lo Napoleón, eso de “¡desde lo alto de esas pirámides…!”, con la ilusión que les haría. No pudieron tampoco retratarse subidos a camello con la pirámide de Keops al fondo y un sonriente beduino a su lado, ni grabar su nombre en alguna roca -con el año de la infracción al lado, claro- como hacían los señoritos de entonces. Pero pudieron disfrutar, durante tres días, con sus noches, de una Alejandría que volvía a ser la perla del Mediterráneo, testigo de la mezcla de culturas orientales y occidentales, así como foco comercial por excelencia de todo el Levante.

La Alejandría que nuestros expedicionarios vieron era la imagen de una ciudad que acababa de recuperar un esplendor e importancia largamente perdidos. Todo gracias a los cambios llevados a cabo entre 1830 a 1860 cuando Mohamed Ali, también admirador de Bonaparte, se hizo con los mejores ingenieros franceses y los más doctos arquitectos italianos y griegos para acometer unas reformas urbanísticas que dieron a la metrópoli un aire completamente europeo. De esta forma, se limpió el canal que comunicaba con Rosetta y su brazo del Nilo –durante años colmatado y en desuso-, abasteció la ciudad por primera vez con agua fresca, mejoró el sistema de transporte con el resto del país -especialmente con El Cairo-, y amplió las instalaciones portuarias del Muelle Occidental que, por primera vez, permitía el atraque a navíos cristianos, como la Arapiles -hasta entonces sólo podían atracar en el Puerto Oriental, más pequeño y de menor calado.

Todas estas mejoras conllevaron el incremento de población de la ciudad que pasó de 13.000 habitantes a comienzos del siglo XIX a unos 300.000 por el tiempo de la expedición española. El número de extranjeros que se asentaban en la ciudad –especialmente griegos y sirios- cada vez era más grande, creándose zonas específicas para su residencia como los barrios de Mancheeya o Attarine, donde el arquitecto Francesco Mancini diseñó un tramado urbano con grandes avenidas y ajardinadas plazas. Tanto creció la ciudad que en 1860 se tuvo que crear la Estación Ferroviaria de Ramleh y un sistema de tranvías que, aún siendo el más antiguo de todo el continente africano, no debe haber sufrido muchos cambios hasta la actualidad. Los tranvías que debió ver la tripulación de la Arapiles estarían aún tirados por caballos. Poco después pasaron a ser de vapor y en 1902 se electrificaría toda la red.

Paradigmáticamente, mientras los grandes descubrimientos arqueológicos se llevaban a cabo en otras riberas del Mediterráneo, en Alejandría -cuyo crecimiento urbano había ocupado todos los restos de la antigua ciudad- la investigación tuvo que hacerse a cargo de académicos locales sin ningún renombre internacional. Es importante mencionar el plano de la ciudad antigua que elaboró el ingeniero Mahmud al-Falaki en 1866, que ha servido, un siglo después, para analizar y buscar los restos de la ciudad Greco-Romana. A parte, sólo dos arqueólogos alemanes serían bien recordados entre algunas hazañas extranjeras: Ernst von Sieglin, por sus trabajos en las catacumbas de Komb es-Shoqafa –atracción turística por excelencia de la ciudad actual- y Heinrich Schiliemann, recordado por no poder añadir la tumba de Alejandro Magno a sus descubrimientos chovinistas.


Por desgracia los españoles, esta vez, tampoco pudimos hacer nada más que mirar y negociar, tal y como hacen los turistas que pasan en la actualidad por la ciudad –incluso, quizás fueran los alejandrinos los que nos dieran bakshish a nosotros esta vez. Durante la estancia de los de la Arapiles en Egipto, el Capitán D. Ignacio García de Tudela –cansado de su mujer a estas alturas del viaje supongo-, telegrafió al Ministro de la Marina para pedir más ayudas pues veía que llegar a España iba a ser cosa improbable como no se pusieran a remar y se comieran los unos a los otros. Así, tras una respuesta positiva, el 7 de septiembre pusieron rumbo a Cartagena, donde arribarían quince días después tras un necesario reabastecimiento de carbón en la Valeta.

El Doctor Juan de Dios de la Rada y Delgado, -impulsor de la expedición y científico experto en Arqueología, Numismática y Diplomática-, a pesar de las dificultades económicas en las que se hallaba al llegar al puerto egipcio, consiguió hacerse con algunos objetos que hoy en día son de lo más preciado en el Museo Arqueológico Nacional. Un ejemplo puede ser la magnífica cabeza en granito de un soberano ptolemaico -en canon completamente faraónico- que hoy forma parte de sus fondos y que fue traída en uno de los 22 cajones de piezas, fotos, dibujos y descripciones que la “improvisada” expedición produjo eventualmente.

30/11/10

Retorno a Iskandariya

Cinco de la mañana. La habitación queda iluminada por los primeros rayos de luz mediterránea que se hacen paso por los balcones de mi cuarto. Poco a poco, como si de un bisbiseo de moscas que se acercan por el Este se tratara, los cánticos de las mezquitas de la ciudad comienzan a despertar hasta el más infiel de sus habitantes. Unos instantes después, entonando el orgullo de la identidad en esta peculiar batalla religiosa, la Iglesia Griega-Ortodoxa que queda enfrente de mí casa repica sus campanas con una fuerza increíble, como si con su sonido acallara a los mil muecines que gritan los cien nombres de Alá. Y yo, yo me cago en la Biblia, el Corán y en sus cien mil hijos y profetas que en esta esquina del Mediterráneo no me dejan dormir cuando ¡un servidor no trabaja hasta las cinco de la tarde!

En fin, qué le vamos a hacer, una vez despierto pues ala… buenos días, hacemos café, enchufamos el ordenador, periódicos digitales –de esos de papel, que no tengan garabatos ininteligibles, imposible hallarlos- salimos a la terraza, bostezamos en pijama, ¡ups! hola señora de enfrente, se dispersa la bruma del mar, comenzamos a oler a especias, el café de abajo saca sus sillas, mesas y sirve los primeros tés y shishas, la pescadería del edificio que está en ruinas se nutre de lo que los barcos han traído a puerto esta mañana, pasa el afilador por si quiere afilar algo, el chatarrero –con sus silbiditos típicos que me recuerdan al Madrid de mi infancia- y así, poco a poco, el centro de la ciudad se llena de un bullicio singular y, hasta ya, rutinario que no terminará hasta las tantas de la próxima noche. Y es que, Señores, esto es, otra vez, Oriente.

Pero no sólo es Oriente. Es también África y la desembocadura del río más largo del Mundo. Es Alejandro Magno y Cleopatra. O la cuna de Kavafis y de sus periplos a Ítaca. Es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido para comenzar una marcha hacia su pasado en una ilógica búsqueda de la prosperidad perdida. Es otra vez Egipto, la ciudad de Alejandría.

Y, ¿cómo llega uno hasta aquí? Pues eso mismo me pregunto yo cada mañana después de saludar a la vecina en pijama ¿qué cojones hago yo aquí otra vez? Supongo que ante una situación de estancamiento profesional y personal, uno recibe una llamada un día y le dicen: “Oiga, ¿quiere Usted un trabajo, una casa y unos amigos?” y cómo va a decir uno que no. El único problema es que todo eso te lo dan a tres mil quinientos kilómetros de tu residencia habitual y, claro, ahí entra entonces el factor aventura, cargado con dosis de ilusión y nostalgia, y un poquito de perejil -por supuesto, nada de jamón. Y así, casi sin pensar en las consecuencias -ni en el tiempo que estaría por aquí-, me vine a Alejandría para enseñar la lengua patria a jóvenes egipcios seguidores, en su mayoría, del Barça y amantes de los Gipsy Kings, la Macarena y Julio Iglesias ¡Toda una experiencia! me dirán. Pues sí, no hay nada como irse lejos para sentirse más cerca, y conocer así mejor tu propio país, aunque sea a ritmo azulgrana y con flamenco orientalizado -¡habibi, habibi! con un buen zapateao y vestido de faralaes, ya me entienden. Y, por si fuera poco, he vuelto a Egipto en un periodo de cambio. Cambios de esos que hacen que todo siga igual, que se vistan de democracia cuando quieren decir dictadura. Levantan la mano derecha por un lado para confirmar lo que dice el “líder”, como en los sistemas más autoritarios, y con la otra reciben dinero a escondidas por sus gestiones más oscuras, como en los sistemas más democráticos.

Pero bueno, ya habrá tiempo para quejarse o descojonarse, que anécdotas e historias no faltan. El sol ya está bien alto y va siendo hora de darse un paseo por la Corniche en dirección a la moderna Biblioteca Alexandrina, comer un buen shawarma, acompañado de una limonada de esas que sólo hacen aquí, mientras devoro el último libro de Eduardo Mendoza sentado frente a esa bahía donde algunos piratillas se vanaglorian de sacar tesoros sumergidos.

14/1/10

Un poema en la sexta planta

Corría el año 1999 cuando un desorientado servidor buscaba, en su primero de carrera, la manera de ser arqueólogo en una universidad donde tal camino se ocultaba por completo a los iniciados. Fue entonces cuando, de la planta sexta de la facultad, bajó a darnos una charla una verdadera arqueóloga. Una mujer que había luchado contra viento y marea para realizar sus sueños en una España que, en su tiempo, estaba guiada básicamente por hombres con bigotes. Una España donde la arqueología a veces seguía confundiéndose con la tradición chovinista de los ricos anticuarios del siglo XIX. La charla nos abrió el mundo de la arqueología moderna, de su camino y de sus dificultades.

Al finalizar el acto, me encaminé a la palestra donde se encontraba la que con los años se convertiría en una verdadera amiga y guía en esta profesión. Le manifesté mis preguntas y dudas, y me citó en su despacho unos días después. Allí, aparte de comenzar a ver con claridad los primeros pasos a tomar en la que es hoy mi profesión, obtuve una máxima poética que ha forjado de alguna manera mi visión de la vida a la par que ha dado nombre a este blog.

En una de las paredes del despacho había un poster de un congreso de arqueología clásica, celebrado en Grecia, en el que se podía leer una frase del poeta alejandrino Kavafis sobre una imagen de una cariátide ateniense. Dicho poster decora actualmente, tras la jubilación de mi maestra Pilar, una de las paredes de mi habitación en Madrid. Tal frase me recuerda, cada vez que me encuentro ante alguna dificultad, desilusión o desafío, que el camino es largo y que las experiencias, ya sean buenas o malas, siempre nos enriquecen y nos enseñan.

Brindando por Pilar y por todos vosotros que navegáis hacia Ítaca esperando encontrar miles de pericias y aventuras en el camino os convido a escuchar dicho poema en el siguiente video. Un saludo a todos.



13/12/09

Mi primer naufragio

Hacía un día perfecto para navegar. Muy buena temperatura y un viento de levante no muy fuerte que sin duda quería aprovechar en mi última mañana en la Escuela Náutica de Oliva. Había venido aquí con mi padre y hermana para pasar la Semana Santa del año 91 creo, ¿o era el 92? En fin, como digo, aquel día, como colofón al cursillo de vela que había realizado, se organizó una pequeña regata con la embarcación que habíamos aprendido a gobernar en los días anteriores: El Optimist. Una embarcación pequeña con la que los niños aprenden a navegar.


Al terminar la regata, la cual no gané, los instructores nos dieron una hora de navegación libre tras la cual debíamos regresar a puerto por nuestra cuenta. En mi barco, del cual me creía capitán y timonel, éramos dos. El otro chico, de cuyo nombre me es imposible acordarme, era menor que yo y no se movía de su rinconcito a proa. Tampoco es que yo le dejase mucha acción ya que, en esos casi tres metros de cascarón de nuez, él era un simple grumetillo.

Finalmente, tras un rato dando vueltas, Mister “sin nombre” y yo pusimos rumbo a puerto antes que todos los demás. El viento nos venía principalmente por la popa así que, como me habían enseñado, solté escota al máximo para que se abriera la vela completamente al viento y nos impulsará a mayor velocidad. La embarcación comenzó a ir más deprisa mientras posiblemente yo, a mis once años, me imaginaba que era un pirata de los mares del sur en busca de un tesoro perdido a la par que me perseguía un imponente galeón inglés. En estas estaba, tan ensimismado, que no me di cuenta de que por la proa, demasiado cargada entre el peso de mi grumete y el impulso del viento, comenzaba a entrar agua a horcajadas.

En cuestión de segundos, el casco de nuestro pequeño bote se fue a pique dejándonos a los dos tripulantes literalmente con el agua al cuello. Y digo con el agua al cuello pues ninguno de los dos nos levantamos de nuestras posiciones mientras nos hundíamos (“¡un capitán nunca abandona su barco!” debía pensar). Así, cuando el casco tocó fondo, la superficie del agua nos llegaba más o menos por la nariz. Después de todo, habíamos llegado a nuestro destino. O casi. Estábamos a unos cinco metros de la ensenada donde varábamos las embarcaciones y la profundidad no superaba el metro.

Recuerdo que nos miramos con cara de sorpresa y culpabilidad. Seguidamente, miramos alrededor en busca de testigos. Uffff, no había moros en la costa. Los demás todavía no habían llegado siquiera a la bocana del puerto y los padres estarían en la cafetería tomando su vermut del mediodía. Inmediatamente, sin cruzar palabra entre nosotros y viendo que la embarcación pesaba demasiado como para sacarla del agua, desmontamos la vela, el mástil y la botavara y nos dirigimos a las instalaciones de la escuela donde dejamos toso el material. El casco de la nave reposaría bajo las aguas para siempre, o eso pensábamos entonces. Nuestro hundimiento estaba oculto y, por lo tanto, mi orgullo como timonel también…
Esta fue mi primera experiencia como navegante a bordo de un velero. Después de dejar las instalaciones del puerto me despedí de mi compañero de tragedia y me fui a buscar a mi padre y hermana a la cafetería donde se encontraban. Estaba eufórico ¡había sobrevivido a un naufragio! pero no debía decir nada si no quería ganarme un buen castigo. Todo salió bien. Les convencí de que habíamos terminado las clases y nos fuimos a casa. Algún tiempo después, una vez en Madrid, recibí una carta de la Escuela Náutica de Oliva. De primeras, creí que me habían descubierto, que debía pagar las pérdidas y daños causados ¡que deshonor! ¡Debería huir del temido castigo! Pero no. No sé habían dado cuenta aún. O eso parecía. Me mandaban, sin embargo, ¡un carnet especial (y honorífico supongo) que me acreditaba como buen navegante de Optimist! Si ellos supieran…

Desde entonces he realizado más cursos de vela y les prometo, señores, que no he vuelto a hundir un barco. Soy un marinero de fiar. Inexperto, pero de fiar. Me viene todo esto a la memoria pues ayer mismo, por primera vez, atraqué un gran velero de 15 metros de eslora yo solito en el Puerto Tomás Maestre, aquí en La Manga, recibiendo el viento también por Levante. Me quitaba así esa espinita que me acompañaba desde los once años y que contribuyó a que trabajara en barcos hundidos en vez de hundirlos yo mismo.